El cuarto blanco (5)

                                                             Lo que mata no es el veneno: sino la dosis

 

   Transitan las horas y sigo mirando el techo. Mi boca esta seca con un poco de jugo gástrico y ni hablemos de mis ojos, secos, lubricándose en cada parpadeo con molestas lagañas clavadas. Maldita resaca… Si bien es cruelmente chocante y contradictorio, sospecho en el propio amor a la vida lo que nos frustra llevándonos a ser autodestructivos para olvidar, dicho de otra forma: lo que amamos hoy probablemente lo perderemos mañana, ese mismo amor se convierte en vacío y luego se contamina en angustia, en melancolía, en tristeza. Necesitamos entretenernos, alejarnos de nosotros mismos. ¿Bebemos por placer? Empezamos a beber conscientes, hasta dejarnos arrastrar por el río del olvido donde se diluyen nuestras ideas dispersándose como lágrimas sobre el mismo. Inclusive, supongo que el problema del alcohol es cuando ocupa el lugar de un amigo, llevándonos  finalmente a caminar sonámbulos por estrechos senderos espinosos, lastimándonos. Nos lamentamos por la herida, mientras la seguimos lamiendo como salvajes animales hasta dejarla en carne viva  para después apagar ese ardor ¡Con más ginebra!

   Desde mi punto de vista las personas sensibles están expuestas al hermoso néctar etílico, quizás debido a ser atrapados por el traicionero chaleco de fuerza de la culpa. Por ejemplo, consideremos como “idealista” a aquel ser integro que sigue su ruta según sus valores, convicciones o que aspira a llegar a una idea mental de satisfacción (armonia, etc). Bien, cuando alguna situación lleva a éste hombre a traicionar sus valores morales, sus creencias, o a no cumplir con su palabra o lo deseado de sí mismo; es la propia culpa de sentirse en deuda,  asco por sí mismo al haberse fallado por actuar de tal manera, o que la realidad rompe con su utopía o ideal, lo que  lo lleva a auto castigarse siendo su propio juez. Si en una época la gente se flagelaba o se daba latigazos por hacer cometido un pecado, buscando así en el dolor una cura a la culpa; en nuestra época usamos métodos mas sutiles de castigo: la somnolencia, es decir, adormecer nuestros sentidos con el alcohol dejando flotar y secar nuestro cerebro en un vaso de ginebra… ¿Como llegamos a esto? Fácilmente, la puerta del exceso esta abierta para cualquiera. La vida en sí nos da muchísimas oportunidades, nosotros elegimos la forma de pisar en el escalón sobre la inestable escalera del progreso; pero cuando la suerte o nuestras acciones nos juegan una mala pasada de repente todo se vuelve una especie de tobogán; aquí el arrepentimiento o el propio fracaso se vuelve un puente que acaba muchas veces en el alcoholismo. Debemos reconocer nuestra debilidad, nuestra enfermedad, nuestra adicción o nuestra estupidez. Porque aquí el dulce néctar de la vida se vuelve amargo. Callados nos alejamos de manera egoísta del mundo, destruyéndonos y contemplando el cuadro perdido: un amor oculto detrás de la  negra cortina de la pérdida. Por ello, el propio amor a la vida, a algo bello y perdurable,  nos lleva a la condena del castigo; por todo esto la autodestrucción es uno de los frutos pecadores que da el árbol de la vida. Pero siguiendo este camino de reconocimiento sobre la autodestrucción… ¿Por qué no elegimos la muerte definitiva en vez del sufrimiento? La respuesta: por el odio a uno mismo. Es esta enfermedad del odio lo que nos lleva a construir nuestra propia corona de espina, siendo mártires de la Diosa de la Perdida encarnada en el cínico espejo observándonos burlonamente a través de nuestro propio  reflejo.

   Sin embargo, nos mofamos de la Pérdida entreteniéndonos, seguimos orgullosos sin prestar atención a los anuncios corporales. Nuestro patético y festivo orgullo dentro del éxtasis alcohólico, no distingue ni sexo ni clase, si decimos que el alcohol es el castigo del somnífero, el orgullo es la venda que no nos deja ver cuando estamos acabados.

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   Introvertidos, solitarios, tristes y errantes son los síntomas que inundan nuestras entrañas hasta desesperarnos, quedando desnudos e indefensos ante el Destino; y ya sin mas nada que perder, con el cuerpo blando y pálido como un cadáver, con los cachetes inflamados y la mirada perdida, finalmente así derrotados vomitamos de un llanto el orgullo por el que fuimos cautivos reconociendo una nueva etapa del problema: la humillación de estar acompañados por una hermosa botella vacía. Puede ser irritante, pero creo que la humillación de haberlo perdido todo y sentirnos miserable es un síntoma favorable para salir de la enfermedad, ya que es un buen síntoma para renunciar finalmente a la autodestrucción y pedir ayuda. La humillación es un golpe que nos sacude, una especie de baldazo de agua que congela nuestro cuerpo…O puede que no sea suficiente. Tal vez el alcohol gestó un terrible virus en nuestro cuerpo, llevándonos a que la soberbia nos lleve a la solitaria muerte cuando reventamos por dentro.

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