El cuarto blanco (5)

Sobre la desigualdad

Después de seguir caminando sin rumbo, me detuve observándome en el reflejo de una galería…Mi rostro me parece ajeno ahora, de cierta manera me gusta la des-prolijidad del abandono: simulo sabiduría. Mi alma tiene muchas heridas que mi cuerpo no manifiesta, creo que por eso me deje llevar por el camino de la locura obrando por lo que creo aunque  las personas comunes piensen que no tengo motivos los tengo. ¿Y que hay de los seres humanos con su moral, con sus reglas y normas? ¡Hipócritas! ¡Las personas somos hipócritas de cierta manera! ¡Ninguna moral o prejuicioso se sostiene porque si,  ni puede hacerse! Necesitamos de la mentira como muchos lo dijeron, pero a pesar de eso buscamos obrar según las reglas que nos convienen. De cierta manera nos volvemos relativistas ya que vivimos según lo considerado como bueno por nuestra sociedad buscando el bien supremo que es la felicidad, pero esto lleva a que no haya ningún tipo de parámetro universal y que muchas actitudes caigan bajo la fundamentación de la nada. Otros, viven una vida moral más “universalista” bajo la predica de reglas universales, pero es buen notar que si todos haríamos lo correcto estaríamos obrando mal por la condición de ser humanos y negar nuestros bajos instintos. Pero además, el problema de esta postura moral, es de ser una perspectiva que nunca podrá ser lograda dado que el hombre es libre de equivocarse y esto lleva a no poder cumplir en su vida con un imperativo categórico: en la práctica nadie puede hacerlo, porque eso conlleva ir en contra la esencia del ser humano, los errores o la valentía de romper normas nos hacen humanos. Por ende: nuestra cultura nos lleva a naturalizar la competencia y el egoísmo.

   Sumado a ello, todos somos corruptos, pues partimos en base de un ideal que nos inculcaron de chicos, pero poco a poco el mundo lo va degradando, cambiando, transmutando o finalmente rea-firmarlo. Sin embargo la diferencia que podemos hacer al tratar de mantenernos coherentes con lo que pensamos y hacemos: a esto llamo una aproximación de integridad.  Pero desgraciadamente la mayoría  de las personas opta por no seguir las reglas de su palabra, disfrazando sus intenciones frente a los otros para conseguir lo que quieren.

   De cierta manera, hoy en día en esta época de nihilismo, hay tres parámetros que rigen el comportamiento humano, si bien es una estupidez predecir al ser humano en sí;  (ya que es un ser complejo ligado a sus subjetivaciones y construcciones sociales), podemos reflexionar sobre algunas razones de su obrar. Humildemente, equivocado o no, me atrevo a afirmar que hay una mezcla entre idealismo e individualismo, sin embargo en su mayoría rige el individualismo. Los individualistas se rigen por tres parámetros:

 

1-Yo

2-el mundo

3-el ser humano.

 

Yo

 

¿Qué significa esto? Primero y principal se prioriza la voluntad de querer sobre todas las cosas. Las personas son vistas como útiles o inútiles con respecto a un sentimiento qué queremos conseguir en ellas. Todos son medios para otra cosa, por ejemplo: obtener un beneficio de la otra persona, un reconocimiento a través de su mirada, compartir momentos, etc. Vendemos una imagen pero también compramos una imagen. Así se rige el mundo… Pero cuando una persona nos parece muy interesante, digna de nuestra amistad, por decirlo de alguna manera,  deja de ser un medio y se vuelve un fin: algo cercano a lo incondicional. Los amigos son incondicionales, el verdadero amor esta ligado a lo incondicional porque da todo pidiendo a cambio solo su retribución con la confianza o en los momentos intensos ver al otro feliz por lo que es… De cierta manera, nuestros amigos, son nuestros amigos por verlos diferentes a lo que es el mundo en general, pero siempre los ojos que ven esto son los nuestros. La amistad se gana eligiéndose de una forma dialéctica  entre ambos integrantes, pero en este vínculo uno elige quedarse con lo mejor del otro.

El mundo

 

   Con respecto al mundo, me refiero a los bienes materiales, a la cultura, a la música, y también a las personas pero en un grado de menor importancia subjetiva que lo anterior. El sistema capitalista ha atravesado tanto nuestra ipseidad que las personas debemos ser astutos y diplomáticos en llevarnos bien con nuestros compañeros de trabajo para evitar conflictos. Los valientes por el contrario, buscan ser transparentes frente a lo desagradable, sabiendo que si bien ganaran un enemigo conseguirán respeto de cierta manera al ser auténticos o paz interior. Otros tipos de personas, los des aventajados, deben convivir con personas que atentan contra ellos, sin tener otra opción más que la resignación. Si bien, siempre hay una opción, muchos se ven o sienten condicionados a no tenerlas o tal vez la cobardía al miedo de aventurarnos a salir de la situación desfavorable o el propio conformismo, nos llevan a soportar situaciones que si otro nos las contaría sentiríamos vergüenza ajena.

 

El Ser humano

 

Con respecto al ser humano, me refiero a aquellas personas que no conocemos o conocemos muy superficialmente. Ellos son los sin rostro. Los desconocidos: los que vemos sin observar siempre de forma alejada. Nuestra subjetividad egoísta no nos hace pensar que en cada número, en cada persona del panal de la muchedumbre, se esconde un ser igual a nosotros. Y si lo hace, poco nos interesa. En el mundo de lo reemplazable, del cansancio y rutinario, el anónimo no nos importa realmente. Se ha vuelto una cosa más, un adorno de fábricas, de los escritorios, del aula, de las calles, los locales, etc. Estamos tan quebrados con nosotros mismos, llegando al extremo de no interesarnos auténticamente por ninguna persona fuera de nuestro vinculo afectivo. Sin embargo, la sociedad ha hecho una muy buena tarea en hacernos repetir discursitos para ser políticamente correctos. Ni siquiera tenemos la decencia de decir “Me importa solamente un pequeño grupo selecto. El resto, me da lo mismo.”. Nadie es franco realmente en afirmarlo. Mucho menos en las relaciones de poder. En ella, la mayoría de las “buenas personas” los llamados idealistas junto a esos cristianitos devotos, se convierten en monstruos morales con un poco de poder bajo la servidumbre de sus jefes. Utilizando de mascaras y de sus mejores disfraces para ocultar lo que realmente son. Si vemos debajo de las mismas: todas sus creencias, valores e ideologías salidas por la boca, se derrumban al ver sus actos de utilitarismo inhumano. El problema realmente, desde mi punto de vista, es el engaño que hay detrás de todos ellos. La ideología profética sin la práctica concreta es un crimen moral. No todo se limita a eso, pero algunas manzanas podridas contaminan el resto de la frutera de oro, llevándonos a creer que la totalidad de las frutas están podridas.

   Detuve mi paso frente al semáforo, mi mirada se dirige ante la estructura de vidrio de un gran banco internacional, el tono gris de las nubes se colocan frente a la enorme antena que titilaba su vida mecánica. El semáforo no cambia su tono rojizo, el rojo de la sangre aun no se ha quitado del pavimento. El rojo sigue sin cambiar, mis ojos se funden de a poco con su brillo, mi mente divaga y recuerdo el accidente del día de ayer. Pasa un obrero con casco amarillo, la magia de su dignidad impacta en el semáforo y cambia de color, finalmente el verde; ya puedo cruzar. En la esquina aguarda invisible el diablo por nuevas almas para formar su sequito de adeptos. Sigo caminando, hay  chicos durmiendo en la boca de un subte, todos acurrucaditos como una manada de perros.

   En la calle distingo a un chico con olor a poxirrán caminando en un vaivén similar al de un zombie, al verme con sus ojos de pan rallado me pide un cigarrillo pero lo ignoro para evitarme problemas. Titubeante me amenaza canalizando así su odio por la realidad que le toco vivir. Cuadras más adelante en la calle principal, veo un Roll Roice protestando por la cola del semáforo. Dentro del mismo, hay dos jóvenes hermosas, observando con mirada vacía y altanera la miseria de la ciudadela. Ellas tienen otros problemas: deben mantenerse bellas para seducir a algún hombre con dinero que las paseará como trofeos en sus reuniones o coches caros. Parecen estar felices en la cima triangular de su status social usando etiquetas caras. No les interesa la miseria, no conocen el hambre, viven su propio mundo y de esta manera son felices con sus disfraces y máscaras. ¿Realmente somos primates descendientes del mismo lugar? Tanta desigualdad, tanto contraste, me llevan a pensar que la unidad ha sido rota para siempre. ¿Qué hago pensando todo esto? La chica del bar. ¡Maldita sea mi existencia por haberla engendrado!

Germán Arroyo.

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