El tango de los 8-Bits, parte uno.

Una tarde de lluvia, en el 94’. Diluviaba  -eran baldazos- y a las cuatro de la tarde ya había cerrado la noche.  Estábamos a resguardo en el comedor, comiendo buñuelos tibios de manzana y jugando al Family Game –la versión de consola 8-bits que nos llegaba a la llanura pampeana, más rústica  y entrañable que la NES y el Famicom. No puedo definir qué juego era, tal vez sea un recuerdo falso, completado o estilizado con el paso de los años. De fondo, el sol rojizo e inmenso se hundía en el mar sobre un cielo naranja, atardecido. Su reflejo en el agua estaba cortado por líneas cada vez más delgadas: las ondas lo deformaban, se adivinaba un movimiento rítmico y suave. En primer plano, recortando el horizonte, saltaba el héroe desde una plataforma a otra, arriesgándose entre las piedras. La melancolía de esa escena es muy dulce. La mayor parte de los que estábamos refugiados frente a la TV – doce años tendría el mayor- no terminaron bien. Nada bien. Puede parecer otro tema, pero es grato guardar un recuerdo de esas personas formando parte de una burbuja cálida y acogedora, compartiendo la fascinación. Hay toda una generación que guarda mucho cariño hacia los ocho bits. No los descubrió con los ojos pesados del adulto promedio de aquella época, que probablemente  veía solo un pasatiempo algo estridente en ellos; ni con la mirada de quien se crío con consolas más potentes y solo es capaz de sentirles el gusto retro y no su magia propia, inextinguible con el avance tecnológico. Para poder ponerse en piel de quienes descubrimos ese mundo con inocencia y falta de prejuicio, hace falta “agarrarle” el gusto al lenguaje propio de los 8-bits, su estética más allá del valor histórico.

Aclaremos que se habla de arte en 8-bits porque con esa tecnología comenzó el esplendor de un estilo, pero también se usa la expresión para referirse a obras en 16 bits –vamos, las de la época del Sega y la Super Nintendo- que en muchos casos siguieron utilizando un lenguaje en común.

Comencemos con la música. Las melodías en ocho bits están bastante de moda en el under. También abundan las versiones de grandes temas del pop y del rock ejecutadas con chips de sonido de consolas clásicas. Ahora, ¿por qué hay más covers de los Smiths en 8-bits que en tecnologías más actuales?  Ya lo adelantamos, tal vez la respuesta radique en que los compositores, ante lo limitado del medio con que contaban, necesitaron crear un lenguaje propio, inédito. Las consolas posteriores pudieron darse el lujo de hacer sonar una guitarra de manera bastante creíble, permitieron introducir en forma directa estilos que nacieron fuera de  los video juegos, rock, pop, metal. De haber empezado con ellas, no hubiera hecho falta la creación de un lenguaje propio, tal vez. Con el chip de sonido del Family, no había chance de que Rob Zombie formara parte de una banda de sonido. A no ser que se adaptara el género a lo que permitía la consola, se lo tradujera a un idioma novedoso para ese estilo.

La música de Mario Bros (haga click con confianza para oírla una vez más) es hecha cover en cuanto instrumento exista justamente por eso: no es solamente una composición excelente desde el punto de vista formal, sino que permite oír una guitarra o un extrañísimo instrumento chino hablar una lengua nacida en los video juegos. La épica y melodiosa canción de los Goonies para NES, los 30 segundos de suspenso antes de la majestuosa apertura del Metroid, la adrenalina de la banda sonora del Ninja Gaiden no son expresiones en calidad limitada de estilos previamente constituidos, son la gestación de una nueva forma de hacer música. La habilidad de esos compositores no radicó solamente en saber crear con medios limitados, sino también en reconocer lo que esa tecnología –que a muchos de ellos, músicos de conservatorio, tal vez pudo sonar algo tosca en una primera instancia- permitía como novedad y a su vez necesitaba para mostrar brillo. No es de extrañarse, entonces, reconocer una melodía digna de un juego de aventuras en una banda de rock. La generación que creció con la tele conectada a la consola –delante de una ventana por dónde podía apreciarse tranquilamente al mundo venirse abajo- aprendió bien ese idioma, le tiene cariño y quiere usarlo, mantenerlo vivo. Y si no, escuchen a los amigos de Anamanaguchi sacarle chispa.

Algo similar sucede con las imágenes en 8-bits. Pero de eso vamos a hablar en la próxima ocasión, luego de pasar –sin trucos, eso es de pecho frío- el Megaman 4.

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