El Cuarto Blanco

EL CUARTO BLANCO

En el cuarto blanco con cortinas negras, cerca de la estación
País de los tejados negros, sin aceras doradas. Estornudos cansados.
Caballos plateados corren por debajo de los rayos de luna

en tus ojos oscuros.

Sonrisas de luces del alba: en tu despedida, mi satisfacción.

Esperaré en este lugar donde el Sol nunca brilla;

 esperaré en este lugar, donde las sombras huyen de sí mismas

Jack Bruce, Pete Brown. White Room, The Cream.

el cuarto 

I

 Del amor al odio, reflexiones de un loco

   Había una vez en un país muy, muy lejano, un niño que era feliz con su familia y sus juguetes disfrutando de las pequeñas cosas: los amaneceres esperanzadores junto a los divertidos atardeceres con juegos y la confortable noche invernal prevenida con limpias frazadas a mano de sus padres… sin embargo los años pasaron desbastando esa inocencia con la medicina del conocimiento.

   En esta historia, el país ya no es muy lejano. Tampoco hay un niño feliz: Germán Arroyo ahora era un hombre triste que había desperdiciado su vida sin poder superar el pasado. En el principio de su adolescencia su tendencia genética comenzó a manifestarse de a poco haciéndole sentir voces y ruidos que se fueron incrementando con los años. A su favor constaba con una voluntad de hierro y gracias a ella con astucia felina pudo disimular en lo posible sus afecciones psiquiátricas, viviendo “normalmente”. Así siguió durante años con su generoso corazón haciendo actos bondadosos hasta su vida adulta; pero en un momento determinado, todo parecía venirse en su contra: el Destino de su existencia parecía un chiste de mal gusto. De golpe, un mal día, perdió su fe en la humanidad: el amanecer dejó de serle prometedor, las sombras de la noche empezaron a acecharlo con pensamientos pesimistas. Entre tanta desolación, descubrió que podía experimentar el placer colocándose en planos existenciales ajenos y explorando de a poco su locura con el fin de encontrar nuevas sensaciones y pasiones que llenasen aquel vacío mundano. Así comenzó su nueva rutina: todos los fines de semana se encerraba en un cuarto apartado en el fondo de su casa,  quedando en introspectiva de sí mismo. Su vida ya no le pertenecía, su pasado le era ajeno. El cuarto blanco era su escenario siendo el actor principal probándose diferentes máscaras y disfraces. Hasta que alguien del mundo no toleró más sus gritos, su histeria y sus anomalías desembocando en crisis que alteraban gradualmente su psiquis: y así fue como terminó internado en un hospital psiquiátrico por negarse al tratamiento junto a la medicación: su esposa podía soportar engaños amorosos pero jamás un intento de suicidio.

  Si bien podemos renegar del pasado y disfrutar de  sentirnos  protegidos en nuestro propio mundo ficticio evadiendo obligaciones, si hurgamos en los recuerdos estos estarán peligrosamente al acecho, como sabemos: el diablo es un perro que permanece atado… Muy pronto, Germán comprendería que si bien pudo hacer una enorme muralla donde el fértil pasto crecía de manera inútil como en los cementerios, el cambio llegaría.

  Para enfocarme en su mente, prefiero situarme en relatar su historia y sus pensamientos antes del suceso que lo abatiría. El relato empieza a principios de mayo, sin embargo es útil una advertencia: aquí habrá pensamientos crudos, pero  irían a lo más íntimo del alma humana… la historia empieza así.

  El paciente permanecía boquiabierto en un psiquiátrico, probablemente algo entretenido con un grupo de cucarachas devorando a una mucho más débil. Era un espectáculo muy sádico pero entretenido o al menos a aquel individuo le gustaban ese tipo de cosas. Hacía menos de veinte minutos la enfermera lo ayudó a hacer sus necesidades fisiológicas y al cabo de dos horas el medico de turno vendría con tranquilizantes para  pasar la noche. El loco se puso a reflexionar mirando los insectos quienes se mostraban como un público atento a escucharlo.

– ¡Pero les digo por ultima vez! ¡Es así y no de otro modo!  Si buscamos en el diccionario la palabra “amor” nos dice: Afecto por el cuál se busca el bien para gozarlo. “Bien” palabra complicada. Desde un punto de vista el “bien” es lo bueno, para muchos es relativo a las costumbres y normas de cada  sociedad. Desde otro punto de vista, el bien es el deber moral, el cuál clava sus cimientos en el imperativo categórico[1] o dicho en “cristiano” no le hagas al otro lo que no te gusta. Desde un plano extra-moral el bien es lo útil. Inclusive, la palabra bueno o malo son producto de una cultura dominante que dijo “esto es bueno, aquello lo malo/ nosotros somos los nobles, ellos los vulgares etc;”[2] después los débiles hicieron una transmutación de valores para dominar a los fuertes por medio de la moral, dicho nietzscheanamente: la moral de los esclavos. En fin, vuelvo al tema. Creo que el bien y el mal son polinomios al igual el amor y el odio. El problema con ello, es que el ser humano puede afirmar sin complicaciones “esto es una casa” y más allá de los diferentes idiomas y casas, en nuestra cabeza uno tiene cierta idea del concepto de “casa”. Con el amor es mucho mas complicado, cada uno construye una idea misma del amor correspondiente a su cultura e historia de vida. Del mismo modo que hay un abismo entre una “casa” y un “hogar”, lo hay en la idea del amor y amar. Pero si vamos a lo más primitivo del ser humano, en el corazón, en los sentimientos podría haber una respuesta con respecto al amor.  En nuestro crecimiento el medio social, la cultura y los afectos nos hicieron comprender cuáles conductas son buenas y  malas. Por ejemplo, faltar el respeto a los padres, amigos, familia, a cualquier individuo por el mero hecho de hacerlo, está mal visto y es sancionado de alguna o otra manera. Sea de forma jerárquica o por represalia moral, uno al ser castigado es consciente de su error: la reincidencia o no es otro tema. Sin embargo,  las palabras pueden  generar un daño tal en nuestra alma marcándonos y llevándonos a no repetir ciertos errores.

   Sumado a las normas morales, sociales, jurídicas, etc.; también hay reglas implícitas del comportamiento humano relacionadas a su naturaleza, quizás las mismas surgen del  instinto de supervivencia, relacionado a la conservación física y emocional de cada especie. En el caso de los animales, ellos, nacen, crecen, se reproducen y mueren. El instinto mencionado funciona en la competencia del crecimiento, el desarrollo físico y la lucha por el alimento, la reproducción y finalmente la muerte. Es probable, que en los animales domesticados, haya cierta inteligencia  y si bien la misma esta relacionada a la costumbre como decía el conductivista Pavlov, puede llegar a haber una sobre-valoración trayendo consigo una fina línea entre el amor que damos a los animales y a las personas. Por ejemplo, la retribución humana en muestra sincera de afecto del perro al mover la cola, como elogiaba tanto Schopenhauer[3].

    No nos vayamos de tema, retornemos a nuestro primate preferido con su inteligencia situada en un plano superior a las demás especies y construida socialmente por el plano afectivo. ¿Y usted tan callado opina que existen diferentes formas de amor? ¡El amor es un rayo mental  enfocado hacía diferentes cosas y personas! ¡En los cuáles hace variar el brillo! ¿Comprende ahora? Uno puede sentir amor por los  animales, prójimo, amigos, padres, etc.; invirtiendo tiempo y voluntad con ellos. Pero cuando ama a una persona especial, ahí esta en aprietos. ¿Por qué? ¡No seamos ingenuos señores! ¡El amor es la peor de las plagas, amigos míos! ¡El amor nos humilla! ¡Nos degrada, nos vuelve esclavos de alguien que podrá acabarnos con una terrible derrota! No hay diferencia para el hombre común entre aquello que ama y aquello que odia, solo hay un “para que…” dominante balanceándose y decidiendo cuál de los dos sentimientos extremos  muestran su cara en la moneda imaginaria de nuestra conciencia. ¿Para qué te amo? ¿Cuál es mi motivo para gastar mi energía dándote amor? ¿Qué quiero o pretendo realmente al amarte? ¡Mientras me seas fiel te amaré, pero si andas con otro te odiaré y maldeciré para que fracases en todo! Estas son algunas de las verdades ontológicas de cada uno, particularmente de los seres con visión extremista, posesivos: todos tenemos algo de ello. Por ejemplo, una madre ama a un hijo para enorgullecerse; un profesor con su vocación busca incentivar a sus alumnos apasionándolos en sus intereses académicos particulares o propios. En definitiva, el ser humano lo único que busca de los demás es aceptación, cariño, cumplir diferentes fines  y conseguir reciprocidad.

   Creo que nosotros estamos atravesados por la dicotomía de la razón y el corazón, como muchas veces se ha dicho; ligado a ello, nuestro intelecto siendo la cuna de nuestra conciencia, guarda consigo ciertos parámetros de moral, autoestima, ética, pero también orgullo. Con respecto al amor supongo que es esa voz interna diciéndonos “hasta acá llego”; pero la misma se altera directamente con el amor, corrompiéndose por nuestro corazoncito de enamorados. Es aquí cuando brilla la grandeza y decadencia del ser humano notando hasta qué punto toleramos ser humillados por un poco de amor. ¡No seamos hipócritas, sombras de la soledad adornando mi cuarto! ¡Ustedes, sombras de mi cuerpo, mi única compañía bien lo saben! ¿Quién no fue humillado estando enamorado? ¿Quien no probó el amargo sabor de la derrota ante un amor no correspondido o ante una enamorada sin palabra que nos engaño? ¿Quién no intentó cambiar por ella o al menos dejar pasar agresiones para buscar algún tipo de revancha y recuperar nuestro ego dañado?

   El amor, trae consigo siempre odio de una u otra forma, ambas son hermanas gemelas caminando de la mano, llevando consigo encadenada a muchos pasos de distancia rengueando a la indiferencia; todas ellas forman una multiplicidad de sentimientos variando entre sí y dependiendo cada circunstancia… ¿Y cómo varia un sentimiento del otro? Fácil, como se ha dicho muchas veces por los sabios de la nada surge el amor, luego de la decepción viene el odio: la bronca. Finalmente, surge el perdón o la indiferencia: la peor de las manera de despreciar al otro, pero dejemos a la indiferencia de lado…

  La impotencia por la perdida del sentimiento amoroso (el abandono del ser deseado) convierte nuestra transparente saliva en un veneno mortal el cuál permanecerá alojado dentro del estomago hasta vomitarlo. Las noches se alargan similarmente a un aburrido chicle sin sabor,  ¡Aún peor! Nos retorcemos como una serpiente entre las sábanas al imaginar  nuestra antigua amante ahora… de noche. Gozando, gimiendo, disfrutando del cuerpo de otro. ¿Y nosotros? Tratamos de olvidar, de digerir ese veneno elevando  nuestro pecho en un enorme vacío únicamente exhalando suspiros melancólicos. Muchos buscan otro amor para curar la herida, pero les aseguro que es similar a sacar una espina con otra espina… Otros en cambio se obsesionan con  la venganza de perjudicar a su amada haciéndola sentir tan patética y miserable como uno. ¿No es predecible acaso que del amor devenga el odio la mayoría de las veces? ¿O que ambas se relacionen entre sí de una manera paradójica? El verdadero amor está demasiado emparentado con el odio, del mismo modo que la felicidad con el deseo. Por ello, el amor y el odio son deseo puro: es el gasto de la energía de nuestras acciones siguiendo un fin determinado. ¿Es equivocado? ¡Idiotas todos!-

Continuará…

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[1] Obra de forma tal que la razón de tus actos sirvan de ejemplo de ley universal, según Kant.

[2] Friedrich Nietzsche, genealogía de la moral. Humano demasiado humano. Así habló Zaratustra, etc.

[3] Theodor Schopenhauer, el amor las mujeres y la muerte.

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