El hombre en la luna y los sueños de las computadoras -un juego de asociación no tan libre

Las estrofas de Man on the moon -del disco Automatic for the people de R.E.M.-, juguetean cálidamente entre dos acordes en modo agradable, una canción para escuchar reposado, plácidamente, tal vez cuando ya entra la luz de los neones por la ventana. Es un ejemplo afinado de como una letra –literatura- puede encontrar su clima reflejado a la perfección en la música. Puede oírla haciendo click acá para climatizar.

Ya conociendo el título, y habiéndola escuchado alguna vez, es fácil meterse en la escena de sus versos. Primera estrofa (la que más nos interesa). Se citan situaciones de tv en modo calmo, se enumeran juegos de mesa suavemente. Michel Stipe canta pronunciando con acento cada sílaba en un susurro que casi parece canción de cuna.  Sabemos de qué va la letra. Estamos en 1969, en Estados Unidos, cuando el hombre llegó –o fingió llegar – a luna. Afuera puede hacer frío, pero dentro de la habitación en que está encendida la tele, y donde se deja correr el tiempo con los juegos de mesa, la calefacción logra que podamos estar en suelo, sobre la alfombra, en medias y de remera. Las paredes empapeladas, la luz tenue ya que es la hora del descanso. El padre volvió del trabajo y los chicos ya terminaron la tarea. Hay que relajarse, hacer que las horas pasen de manera amena. La cara íntima y hogareña del sueño americano de la época. Es el fin de la historia, se sabe que hay que hacer para que la vida llegue a buen puerto. Lo reza el último verso antes del quiebre, “Te veo en el cielo si has hecho la tarea” (traducción algo libre de “See you in heaven if you make the list”).

Entonces llega el puente en el que, llamativamente, surgen preguntas, sube el tono de voz y el cambio de acordes se hace notar. “¿Has oído acerca de esto?”, “¿Estaremos perdiendo contacto?” (¿Oír acerca de qué, perder contacto con qué o con quién?). Y luego los acordes dejan de seguir un patrón tan de vaivén, de arrullo. El cambio entre ellos –que ya no son dos- pasa ser mucho más marcado, con más ataque. El estribillo nos saca del interior tibio y protegido: “Si creíste que pusieron un hombre en la luna (…). Si creíste  que no tengo ningún truco bajo la manga, entonces nada está bien”.  Podemos leerlo de dos maneras (eligiendo hacernos los tontos con muchas otras y pasando por alto la idea del as bajo la manga). Ese “si creíste” podría apuntar a “si es verdad que” o a “si te creíste esa mentira”. Pero, en ambos casos, nada está bien. En ninguno podemos seguir dejando correr el tiempo placenteramente, hacia ningún lugar, con los juegos de mesa y los programas de entretenimiento. No estamos en el fin de la historia, hay algo más. Tampoco es tan claro el sentido de nuestra vida. Miralos, llegaron a la luna. O –también-, miralos, nos están engañando. No puede seguir todo igual. No es tan sólido el suelo que pisamos.

La ciencia ficción tiene ese poder. En ella siempre está latente la pregunta de ¿Llegaremos a eso? ¿Ese futuro es posible, vamos hacia ahí o hacia dónde? Siempre se juega la pregunta de qué es lo que podemos llegar a ser. Tal vez por eso el género se preste a la crítica social y al análisis cultural. De ahí que una escena digna de ciencia de ficción –o llanamente de ciencia ficción, si es cierta la teoría conspirativa- sea tan ideal para romper el clima cálido y ameno de las primeras estrofas, hacer que el padre no se sienta tan cómodo con su pipa y los chicos dejen los juegos de mesa. Estamos protegidos del frío, no pasamos hambre, hicimos la tarea y eso nos asegura el bienestar. Pero el hombre llegó a la luna, o nos están engañando para que lo creamos.

Hay una ciencia ficción de otros mundos, fuera o dentro del planeta. Allá lejos, el espacio exterior. Acá, bajo la tierra, profundo en el mar. También la hay de otras dimensiones. Pero, la que ahora nos interesa, es la del suelo que pisamos. Robots que conviven con nosotros, que son casi o sencillamente humanos. Mentes electrónicas que nos superan, nos dominan. Humanos en el límite de la humanidad y muchos Etc.

Otra de las constantes del género es el comentario sesudo que surge cuando ese futuro parece acercarse. El “pucha, es cosa de no creerse” medio barrial, medio latiguillo para hacer de reflexivo en el almacén ante alguna noticia. Estamos frente a un tema de actualidad que alimenta esos comentarios, pero ya no en el almacén.

Cuando la inteligencia artificial de Google, al analizar imágenes buscando patrones en ellas para reconocer qué es lo que retratan, no tiene mucho éxito y devuelve resultados pesadillescos, las melazas oníricas que devuelve son difundidas como sueños de la IA. También podemos tener rudimentarias charlas con algunas de esas mentes informáticas, o acceder a alguna de orden filosófico entre programadores y la desarrollada por la empresa del buscador. No solo la ingeniería intenta avanzar hacia desarrollos que pasaron de ser promesas de la ciencia ficción a algo menos literario y más tangible. Sino que también los difusores y comunicadores de temáticas tecnológicas, tanto los de las propias empresas como los de los medios de comunicación, intentan explícitamente humanizar a la tecnología un paso más allá de sus logros.

Claro que es una tentación innegable hacerlo, el gustito a película de terror de esos sueños y diálogos despierta la imaginación. Punza el sentido literario, la fantasía comiquera y cinéfila como para que la metáfora de que las computadoras sueñan suene natural. Se le habría podido ocurrir a cualquiera.

Pero, ¿qué es lo que impresiona? ¿Nuestra propia potencia, que podría llegar a crear una inteligencia similar o más potente que la humana? ¿La posibilidad de que esa creación nos destruya? Puede ser, pero hay un aspecto más interesante. Y es que, sí llegamos a crear una inteligencia análoga a la nuestra, una verdadera inteligencia artificial con sueños, aspiraciones  y creatividad, poco importa que sea un artificio, que la hayamos fabricado nosotros y no sea producto de la naturaleza, la evolución o lo que fuera.  Si es una inteligencia -y no solo un proceso menos plástico al que se le pone ese nombre-, es  una inteligencia y ya, lo de artificial no agrega mucho. El soporte de circuitos o cerebral poco importa al llegar a ese punto. Si puede decirse que la inteligencia es algo distinto al cerebro -se sustenta en él, pero no es ese pedazo de materia orgánica adquirible en carnicerías en su versión bobina-, tal vez también pueda decirse que es algo distinto a los circuitos, aunque se sustente en ellos. Sea carbono o silicio, el soporte agregaría poca diferencia.

La posibilidad de crear una inteligencia no solo genera intriga por el vértigo de que nuestra obra nos supere, sino porque pone en duda el estatus de la propia, la hace tambalear, pasa a parecer artificial también. El temor a que las computadoras se nos adelanten en la marcha evolutiva tal vez no sea el más inquietante. Puede que el miedo a que acabemos pareciéndonos demasiado y, una vez más, perdamos nuestro lugar en el centro del universo, otra herida narcisista, sea más perturbador. Aunque algún monje budista cante que ya nos parecemos demasiado a las piedras. O aunque alguna mente astronómica, que pueda imaginarnos vistos desde un galaxia lejana, como un punto, diga que a la distancia todo es un grano de polvo.

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