Identifrenia

1 – Para muchos era esperable. Para otros una oportunidad “estratégica” ideal para que Mauricio Macri, “El niño cincuentón” (apodo tomado de la escritura de Jorge Asís, a quien me encargo de secuestrarle la técnica para el resto de los nombre propios) quede en offside tras su “selección natural” a Horacio Rodríguez Larreta, el Baraka de la tecnocracia redescubierta, y el flirteo ninguneante con Gabriela Michetti, la caminanta del sentimiento impedido. Pero la única demostración popular resultó en el apoyo de más de la mitad de la CABA hacia la gestión del Pro, así como un notable segundo puesto de Martín Lousteau, el comenietas de barrio norte ¿Pero por qué se dieron esos resultados, relegando al FPV a un tercer puesto que cambió a último momento, al impacientarse por unas propositivas bocas de urna? ¿Qué responsabilidad tuvieron los comandados por La Cámpora? Esas preguntas ya fueron respondidas desde visiones dominantes en batalla, que a esta altura poco aportan al debate por su caracter invisibilizante. Desde este lugar de narcocracia digital informativa, propongo unos puntos más para luego perderse en el vacío del carisma televisado y el consumo que desde este preciso momento los anularán.

La “demanda de ser” porteña

Absorbidos por las generalidades banales y el repaso mediático necesario para obtener una mayor e ingenua visibilidad, los ganadores en cuestión (Larreta y Lousteau) supieron hacer uso de una escueta pero a su vez efectiva consolidación identitaria. No se sabe cuánto de “ellos” o sus “seres-en-el-mundo” (o seres-en-la-capital, en este caso) se depositó en las creencias de más de la mitad de la población porteña, porque la identidad no se puede medir. Pero ella sí se puede conjugar, o generar apetencias simbióticas con respecto a la posesión de “la cultura” en un aquí y ahora.

En síntesis, tanto el pelado sonriente como el ruliento sexual realizaron una lectura correcta de un supuesto “ser porteño” que “necesita” ser (re)afirmado. Este ser idealizado, al mismo tiempo, y es vox populi, se retroalimenta de creencias y sentimientos que no aquietan o fijan su identidad, porque esta pide a gritos el ser construida y destruida incesantemente, para luego ser reafirmada. Y ello no implica la obligatoriedad de anclar esa identidad en el duopolio antiperonistas y peronistas. Simplemente, los porteños demandaron representantes políticos que los reafirmen con varianzas. De ahí puede concluirse que, en efecto, Lousteau y Larreta no son iguales entre sí, así como tampoco son clones precisos del bailarín Macri. Pueden ser parecidos, afines a ciertas expresiones ideológicas de un Estado conservador, pero ello no implica la exactitud espejada, ni política, ni cultural, ni ideológica ni propositiva. Lousteau y Larreta son, en sí mismos, estéticas de la diferencia. Entonces, la ansiada reafirmación es matizada por los estilos y “modelos” de gestión, para luego coquetear con los extremos y erigirse como dirección y relación. No por nada, la identidad es también una manifestación de la angustia, y por eso, en el caso de la representación pública, pide ser “cambiada” por gente que también sea capaz de “cambiar” o cambiarse a sí misma, o al menos demostrar que puede jugar discursivamente con ello.

Los porteños pidieron que transformen ese “ser” (el desafío es seguir transformando, dice por ejemplo Florencio “el flaco de la doble vida” Randazzo, por ejemplo, en su slogan con final abierto) a pesar de las totalizaciones existentes. Han concordado en un cierto tipo de discurso que se dispute la hegemonía y la interpelación de las transformaciones conservadoras, as u vez golpeadas por las turbulencias necesarias del progresismo (a veces bobo y encerrón, pero progresismo al fin). Por ejemplo, el seguir siendo pro mercado pero bajo qué reglas; si la desigualdad se debe combatir con políticas públicas o se debe acentuar con las mismas políticas públicas si nimportar demasiado las consecuencias; si “la cultura” debe seguir siendo “cultivada” por elites mercantilizadas o debe respetarse lo popular aún en un territorio acaparado por lo masivo y las estéticas del consumo; si debe persistir la riqueza del norte por sobre la pobreza del sur o se debe redistribuir mejor el ingreso para favorecer una equidad social; si la vivienda debe seguir siendo un negocio explícito orientado a jóvenes (y no tanto) desesperados pero con regulación; o si las insignificancias performadas en la salud y la educación deben primar en el debate sobre el acceso a lo que es un derecho o ser relegadas por una calidad de vida selectiva basada en la acumulación de cualquier cosa que implique (más) dinero. Dicho sistema de disputas y relaciones simbólicas serán determinantes para la construcción de esa identidad relatada que el porteño pide renegando por su bananero ideal.

Chapa identifrénica, y la posible salida

El FPV impulsó a Mariano Recalde, el fachita legalaboralista de Aerolíneas, en casi un mes de una pobre campaña. Esto también atravesó al resto de los precandidatos, que mostraron poco y nada sobre supuestas “soluciones” concretas a los problemas de “la gente”, a la que supuestamente no le interesa la política “porque es sucia” ni la ideología “porque atrasa”. Ante ello, la antinomia “gorila” y “kuka” parece ser un mantra banal que complica más el surgimiento de un matiz destotalizante entre tanto éxtasis totalizador. Por supuesto, que el presente texto es solo un mensaje en una botella lista para arrojarse al mar de nicotina, drogas miedáticas y facebook: el mismo mar en donde las destotalizaciones se erosionan. Empero, para resumir la interpretación, porque no es más que eso, el FPV sufrió una suerte de identifrenia (neologismo mezlca de identidad y esquizofrenia) con respecto al pedido excitado del “ser” porteño. Las urnas del domingo pasado, además, demostraron que este ser al mismo tiempo pendula entre su presunto esencialismo eterno y su resolución técnico-pragmática, arrojada a las posibilidades ofecidas por un economista liberal que supuestamente gobernó en las sombras todo el tiempo (¿se puede copiar la ausencia?) y otro que se declara “socialdemócrata” y quiere “evolucionar” las estructuras de sentimiento capitalinas. Ante esto, el FPV no supo que hacer ni siquiera con su propia identidad, y optó por la evidencia: la clonación de la actitud (principalmente de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner) y la polarización a toda costa. Hechos que el “da sein” porteño repudió por antonomasia; por abrumador y falto de “diferencias” hacia adentro. La culpa no es del deseo incompatible del otro, sino de la (in)adaptabilidad del deseo propio. El porteño pide hacerse y que lo hagan. Que las identidades se mezclen, fluctúen. Se posmodernicen. El kirchnerismo perdió en el levante por anticuado y porque no supo canalizar el “Je Suis”.

¿Cómo ganar o pelear la segunda fuerza si se presenta más de lo mismo respecto a lo que ya se sabe que no se desea? EL FPV no supo qué hacer con las varianzas, que no la expresaban ni Gustavo “el naipe burócrata” López, Ni Gabriela “amor enojón” Cerruti, y mucho menos el revival de Aníbal “Pyro” Ibarra, y por ello se encerró nuevamente en sí mismo, pergeniando su gran deuda con el electorado capitalino. ¿Y dónde estaría la llave del gol? En el surgimiento de un sujeto político que exprese esos ideales de la vida porteña, seguramente conservadores, por supuesto, pero con un giro kirchnerista que aun no supieron hallar. Si algo caracterizaba a Néstor Kirchner en vida era su versatilidad ante los contextos cambiantes, la toma de decisiones a cualquier costo (esto poco tiene que ver con el fagocitado “vamos por todo” de TN) y la anticipación de las lecturas políticas, así como su incipiente recuperación a pesar de las caídas o las humillaciones (rasgo que quizás conserve su esposa CFK). La pérdida del timón cultural, de la “astucia y el cálculo” de Néstor y el destajo mediático del ex amigo Clarín hacen sucumbir al kirchnerismo a la espera angustiante de la indefinición, haciendo que recaiga en errores ya cometidos. Sin ir más lejos, fue esta la razón por la que Sergio “el ignorante feroz” Massa le ganó y logró ser moda pasajera en 2013 y mitad de 2014, aun creando un partido político durante un asado de domingo. Hoy les tocó perder, además de con un tecnócrata de labios largos, con un ruliento que tras ser “intimidado” por Guillermo Moreno y demostrar amateurismo económico, se comió a Juanita Viale, armó un partido político  y se movió a Carla Peterson.

En suma, al no saber qué hacer con su identidad, cómo mutar sus propios discursos y redefinirlos a la manera de la ideología porteña cincuentaporcentajera que poco quiere saber de progresismos y negritos con hambre, el kirchnerismo esquizoidea en fantasías de amor, de cambio forzado, de proyectos que poco tienen de candidatos porque allí simplemente no caben en su manifestación totalizante. El kirchnerismo precisa producir (con los artificios que ello implica, hecho que el Pro sabe manejar a la perfección) desprendimientos de su identidad; posmodernizarse en vez de depender de los modernismos peronistas. Precisa de imperativos micro, dado que ya ha logrado crear su propio imperativo fuerte (democracia vs corporaciones, redistribución del ingreso, reactivación del aparato estatal, creación de símbolos y creencias a la luz del neocapitalismo, entre otras) a nivel nacional.

¿Quién debió haber sido el elegido, entonces? Gustavo Marangoni, presidente del Banco Provincia, autodenominado “liberal”, quizás encarnaba ese perfil demandante de identidad para el pack porteño. No tuvo la oportunidad ni desarrollo “en serio” de campaña frente a la emergencia de Recalde hijo, que también eligio el camino identifrénico de sus compañeros tras la derrota, reafirmando el síntoma sin un límite visible. Pero era una apuesta aunque que sea vinculante con respecto a dicha demanda de conservadurismo envasado en un paquete identitario express. Y con el logo (obligado) del FPV y el fondo naranja “de la fe, el deporte y la esperanza”. Porque en medio del laberinto, al fin y al cabo, todos los caminos conducen a Daniel Scioli.

Estén felices y enojados.

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