El oscuro reflejo de lo inconfeso: El Nazismo como Filosofía (Segunda Parte)

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Siguiendo la linea de análisis de la primera parte, resta reconocer que el Hitlerismo no debe su “ismo” solo a un encuadre ideológico formal sino mas bien a un modo de pensamiento a veces visto como “original” en el sentido inventivo del termino, a veces entendido como un producto, indeseable o no, del desarrollo de la razón instrumental[1]. El Nazismo comporta una Filosofía, un modo de entender la realidad y un modo de entender la relación del hombre con el mundo y consigo mismo. En tal sentido, afirmar que el Hitlerismo es una antropología filosófica no suena tan descabellado como podría haber parecido en otras épocas. Emmanuel Levinas en su breve pero no menos denso ensayo sobre la filosofía del hitlerismo nos hace notar la toma de posición filosófica que emprenderá para analizar este nefasto fenómeno, si el nazismo posee una filosofía, es una obligación nodal para occidente pensarlo, cueste lo que cueste. Nos interesa destacar aquí no tanto la sensibilidad casi profética de este filósofo al momento de analizar la filosofía del hitlerismo sino más bien la valentía con la que emprendió dicho análisis.  Levinas era judío, y como tal no se vio exento de la maquinaria de exterminio nazi; en pleno auge de Hitler en el poder, las SS se hicieron con la vida de toda su familia a excepción de su esposa e hija que pudieron sobrevivir escondiéndose en un convento del departamento de Orleáns en Francia. En medio de todo ese trágico marco, Levinas nos dirá, con una lucidez encomiable, que “mas que un contagio o una locura, el hitlerismo es un despertar de sentimientos elementales que entrañan una filosofía”[2].

El rasgo más característico de esta filosofía según Levinas es la particular preponderancia en la relación con el cuerpo. Relación signada por un encadenamiento con la corporeidad en tanto aceptación de esa identidad originaria, en una celebración de la facticidad irremisible de la total y absoluta adherencia a lo biológico. Al diezmado espíritu alemán de la Republica de Weimar, el hitlerismo le ofreció  un “retorno” a su más intima esencia; para recuperar la gloria perdida era necesario ceder al ineludible llamado de las misteriosas voces de la sangre y la herencia, abandonar todo ideal de libertad en pos de entregarse a lo “mas propio” del hombre, su corporeidad, figura definitiva del “ser nacional” con el que arremetía desde los pomposos estrados el líder del nazismo. Aquí es donde aparece otro rasgo característico de la filosofía del hitlerismo, pues la aceptación del más profundo encadenamiento al cuerpo por parte de todo el pueblo alemán posee implicancias que mas adelante abordaremos en las coordenadas de pensamiento levinasiano. En como afecto esta propuesta del pensamiento nazi al espíritu alemán de la posguerra esta, según creemos, el secreto del éxito del mismo, pues las condiciones impuestas por el Tratado de Versalles al pueblo alemán dentro de las cuales esta sociedad “pierde el contacto vivo con su propio ideal de libertad” aceptando las condiciones de la derrota conlleva que “el ideal germánico del hombre” sea recepcionado como una “promesa de sinceridad y autenticidad”[3]. Es decir que, en condiciones específicamente históricas esta Alemania necesitaba un modo de retorno a lo “propiamente suyo”, ante la deriva del espíritu en la existencia, el nazismo se ofreció como interprete del llamado de la sangre, evocando heroísmos pretéritos, el grito de la herencia invitaba a este “nuevo hombre” a aceptar “de buena gana” la determinación absoluta de la adherencia al cuerpo en tanto su mas propio ser. Ya no se buscaría la libertad, en adelante, bajo la guía del hitlerismo Alemania acudiría placidamente hacia la homogeneidad originaria, atándose a su ser biológico.

¿Ruptura con el liberalismo europeo? Mas adelante veremos como Levinas se encarga de demostrarnos que esto solo sucede en apariencia. Resta decir aquí que esta nueva experiencia del cuerpo que conlleva el pensamiento hitlerista no solo genera un modo inédito de encadenamiento biológico sino que además, comporta además una original experiencia del tiempo que prioriza por sobre todas las cosas el inefable peso del pasado sobre el presente. Al acudir al llamado de la sangre no solo se acepta la propiedad originaria del cuerpo y la raza, también se acepta una herencia, una dependencia para con el pasado que signa los trayectos del presente. El destino de Alemania bajo la égida hitlerista evoca grandes conquistas pretéritas, que ven su realización en el presente a través de las primeras victorias del proyecto expansionista. En sus discursos, Hitler traía al imaginario de sus seguidores añejos emperadores que llevaron su imperio a expansiones inusitadas, que dirigieron el espíritu de autoafirmación más allá de los limites de lo conocido y en el presente, Alemania toda era la heredera histórica de tal expansionismo, el “llamado de la sangre” no solo invitaba a aceptar la corporeidad sino que presentaba una nueva experiencia del tiempo, donde el pasado tenia una inmensa presencia en un presente que no era otra cosa que el cumplimiento de aquellos destinos de grandezas y glorias. Llamar “III Reich” a Alemania no era solo una locura de Hitler, era una necesidad inherente a la filosofía que el representaba, el destino imperial de la sangre alemana debía triunfar a como de lugar[4].

Holocausto

Como sentenciará hacia el final de su ensayo, efectivamente el nazismo se constituye como una amenaza para toda la llamada civilización europea; amenaza que se yergue en toda su avasalladora presencia en las entrañas mismas de Europa, pues pese a que las declaraciones dogmáticas guarden sustanciales diferencias, la aceptación casi fanática al régimen en aquellos años y, mal que nos pese, su constante aparición actualmente nos demuestra que esta herida en el alma de occidente, negada pero no por ello menos visible, aun se presenta como un modo de concebir al hombre que persiste en los confines de nuestra civilización. De allí la necesidad de repensar constantemente este fenómeno, pues en definitiva el hitlerismo, si bien parece alcanzar status de una antropología filosófica bien definida, es un ataque certero a todo cuanto se suele agrupar bajo el epíteto de “humano”. ¿Cómo entender que algo inhumano haya sido aceptado y lo sea aun por muchas capas de la humanidad misma? ¿Dentro de que parámetros se puede pensar el hecho de esta aceptación del encadenamiento absoluto, la supresión de la vanagloriada autonomía del individuo occidental? Abriéndose paso “en una época durante la cual el presentimiento del hitlerismo estaba presente, era inminente en todas partes”[5], el filosofo lituano emprende tamaño desafío, llevando su análisis mas allá de cualquier denuncia infértil o negación inocente, exigiendo al extremo los modos de aparecer de este fenómeno de marcada dimensión colectiva, a fin de dar con su mas intima esencia, para finalmente ensayar un modo de respuesta que permita dilucidar como los ideales occidentales pudieron ver en si mismo surgir esta maldad pura, escalofriante en tanto comporta principios y concepciones fácilmente occidentalizables.

[1] Cfr. Adorno, T. y Horkheimer, M. Op. Cit.

[2] Levinas, E. “Algunas reflexiones sobre la Filosofía del Hitlerismo”. Buenos Aires. FCE. 2002. Pág. 7. En sucesivas citas se hará referencia a este texto como “Algunas reflexiones”. La cursiva es mía.

[3] Levinas, E. “Algunas reflexiones…” Pág. 18.

[4] A modo de ejemplo, citare el vigésimo quinto punto del programa del Partido Obrero Alemán redactado por Hitler: “Frente a la sociedad moderna, un coloso con pies de barro, estableceremos un sistema centralizado sin precedentes, en el que todos los poderes quedarán en manos del Estado. Redactaremos una constitución jerárquica, que regirá de forma mecánica todos los movimientos de los individuos”. Fuente: archivo histórico digital de la BBC de Londres. (www.bbc.com)

[5] Levinas, E. “Entretiens”. Citado en Abensur, M. “El mal elemental”.En “Algunas reflexiones…”.Buenos Aires. FCE. 2002. Pág. 32-33

Links a las otras dos entregas:
Parte 1
Parte 3

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