El oscuro reflejo de lo inconfeso: El Nazismo y lo racional. (Primera Parte)

imagen-nazisAnte toda su comitiva de ministros y generales, Adolf Hitler solía jactarse de que el nacionalsocialismo que él comandaba había solucionado los problemas de toda Alemania; el humillado espíritu alemán, resquebrajado en su más íntima esencia luego de Tratado de Versalles, volvía a erigirse en todo su porte. El anverso de esta brillante moneda, la sangrante cara del progreso se encontraba para todo el mundo occidental en un profundo e inconfeso desconocimiento. Desconocimiento que se apoyaba en dirigir las miradas hacia otro lado, en elevar un “hacer como si” hacia el status de política de estado de muchas de las superpotencias que componían el llamado “mundo occidental”, esto pese a las constantes denuncias que se agolpaban por ser oídas incluso antes de la guerra. Como bien destaca Alan Badiou, “una de las verdades del siglo es que las democracias aliadas en guerra contra Hitler casi no se preocupaban por el exterminio”[1]– Una vez confirmado el terrible deja vu de exterminio, toda la intelectualidad de occidente, que en gran parte había hecho oídos sordos en consonancia con los estados que la financiaban, comenzó a preguntarse “¿Por qué?” Naturalmente, un hecho como el Holocausto no entraba dentro de los parámetros que la Razón ilustrada conservaba para determinar el obrar humano. Las primeras expresiones abogaron por decretar “impensable” tal hecho. Primo Levi, por ejemplo, posicionaba al Nazismo como un “odio por fuera de lo humano”. La terrorífica sorpresa de muchos de los soldados aliados ante las pilas y pilas de “judíos”, “gitanos” y “negros” que si no habían muerto presentaban aspectos muy similares, fue tal que sacudió a los confines del pensamiento occidental, habituado a pensar el mal dentro de coordenadas teológicas, es decir como un no-lugar, como el lógico resultado del abandono de la “vía correcta”. Para mayor sorpresa, toda esta barbarie provenía de Alemania, una de las cunas del pensamiento moderno. Por ello es que muchas capas de la intelectualidad se abocaron a pensar el nazismo como un error de la Razón en el mejor de los casos, o como un no – pensamiento, como un acontecimiento que era diametralmente opuesto a las grandes virtudes de la Democracia. El movimiento que se pretendía instaurar al momento de lidiar con el nazismo y su indeleble marca sanguinolenta versaba en torno a la cacofónica antitesis Civilización – Barbarie, tradicional modo de la razón para salir indemne de los fenómenos contradictorios que se manifestaban a su interior. Sin embargo, todo tratado o conferencia que quiso simplificar este fenómeno tropezó con la realidad misma, pues, mal que le pesara a la Razón,  todo lo que rodeaba y era propio del exterminio nazi guardaba un escalofriante parentesco con aquella. Auschwitz, el oculto, el incluso negado, interpelaba a la Occidentalidad de un modo extremadamente familiar. Indudablemente todo lo sucedido en aquel tiempo, desde la guerra hasta las cámaras de gas, eran y seguirán siendo una completa desgracia. El colmo de la explotación del hombre por el hombre pues “en Auschwitz no se moría, se producían cadáveres”[2].

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Para entender mejor el sentido de este parentesco intrínseco, cabe destacar lo dicho por esta última frase: “se producían cadáveres”. Producción que con el correr de las investigaciones fue dejando ver más y más aspectos que encajaban perfectamente en cualquier línea de montaje capitalista, racionalmente capitalista. Sistematicidad que calaba hondo en el espíritu de occidente, pues era uno de los baluartes de su progreso económico. Pero también incomodaba vitalmente a todos aquellos sectores que habían sido cómplices de alguna manera con el progreso económico de la Alemania Nazi, progreso que encontraba su motor en el exterminio. La muerte bajo el nazismo poseía registros, traslados, clasificaciones, modos y operaciones que eran afines a cualquier línea de producción fabril capitalista y, por consiguiente, la racionalidad era parte de este fenómeno. Consecuentemente, todos concordamos en identificar al nazismo con el mal más puro, pero este mal no es, como muchos filósofos se encargan de recordar, banal, mucho menos inocente; el nazismo mismo es una política, es un pensamiento y por consiguiente debe ser pensado por mucho tiempo a fin de evitar que perdure como tal. El problema de este pensar el nazismo reside, para gran parte de occidente, en las implicancias que el hecho del exterminio nazi le impone al pensamiento. Esta incomodidad gnoseológica radica en la especificidad del hecho nazi. Me permito citar aquí, a modo de cierre de esta pequeña introducción al tema, un texto que Jaques Rolland convoca en su introducción a “De la evasión” de Emmanuel Levinas:

“(…) Una humedad fría brillaba sobre los adoquines de las calles, cuando hube bajado la escalera cercana a la ría, unos perros de gran tamaño, grandes perros guardianes, con la cabeza erizada de coronas de espinas, aparecieron en la otra orilla. Sabia que la justicia los había convertido en feroces para usarlos ocasionalmente como instrumento. Pero también yo pertenecía a la justicia. Esa era mi vergüenza: yo era juez[3].

El secreto de la prosa, al menos en los fines que nos interesan aquí, esta en las ultimas dos frases, íntimamente relacionadas con lo que se pretende sostener en lo antes escrito. Ese panorama desolador que del cual el partenaire del poeta es testigo no es otro que el la guerra; una guerra que tiene como centro de atención la presencia de esos perros que la “justicia” misma había amaestrado, el derecho occidental. La grandeza del escrito radica justamente en esto: esos perros bien pueden representar las huestes hitleristas, una representación hiperbólica de la “justicia” del cual ningún occidental puede salir impávido, pues todo occidente es ese juez avergonzado ante la familiaridad de tamaña barbarie. El texto es claro, el testigo del terror sabia que los nuevos guardianes de la justicia habían surgido en su propio ceno y ahora dirigía “la mirada desencajada sobre la desgracia” que siempre “tiene algo de fascinación y, por lo tanto, una especie de complicidad secreta” vergonzosa si, pero no por ello menos propia[4].

[1] Badiou, A. “El Siglo”. Buenos Aires. Manantial. 2005. Pág. 16.

[2] Agamben, G. “Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo” en Homo Sacer III. Buenos Aires, Pre – textos. Pág., 74.

[3] El texto en cuestión es del novelista y ensayista francés Maurice Blanchot. Cita de Rolland: De la Evasión, nota al pie de la Pág. 42. El destacado es mío.

[4] Adorno, T. y Horkheimer, M., “Dialéctica del Iluminismo”. Madrid. Ed. Nacional. Pág. 221.

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