Un nuevo mundo (fósiles seremos)

Memento homo, quia pulvis eris et in pulverem reverteris
Génesis, 3,19.

1. Suele decirse que la Ilustración (o “el iluminismo”) terminó cuando llegó a su fin el siglo XVIII, también conocido como el siglo de las luces. La luz brillante de Immanuel Kant, uno de sus máximos exponentes, se apagó para siempre en 1804. Tanta penumbra tenía que ser combatida con algo, para no volver al oscurantismo de la Edad Media. Y claro, si encima se nos mueren los filósofos estamos jodidos.

2. Así que ahí aparecieron las ballenas -sí, las ballenas- para iluminar las bibliotecas donde comenzaron a tejerse las grandes revoluciones del siglo XIX. Puedo imaginarme a Marx en la biblioteca del Museo Británico, murmurando y sacándose los piojos, bajo algún farolito que ahora debe estar en una tienda de antigüedades.

3. Digo esto porque hasta mediados del siglo XIX los faroles del mundo funcionaban quemando aceite de ballena. Es decir, el desarrollo de las grandes metrópolis era sostenido por una incansable masacre de ballenas a escala planetaria.

4. No sé si está bien lo que voy a decir, pero no me horroriza para nada que haya sido así. Además no todo es negativo: basta recordar que la aventura de perseguir ballenas dio lugar a Moby Dick, la monumental novela de Herman Melville. La cual, a su vez, tuvo una adaptación cinematográfica insuperable en 1956, dirigida por John Huston, protagonizada por Gregory Peck y guionada por el mismísimo Ray Bradbury. (Todos cracks. Recuerdo eso y me dan ganas de verla nuevamente). Y, claro, cómo olvidar aquel viejo tema de Led Zeppelin.

5. Sigamos. En la segunda mitad del siglo XIX el aceite de ballena empezó a ser reemplazado por una especie de kerosene derivado del nuevo combustible de moda: el petróleo. Para colmo, la batalla posterior entre Tesla y Edison resultó en un juguete nuevo que hizo posible llenar de luces el mundo: la electricidad. Desde entonces no hacen falta ni los filósofos ni las ballenas para iluminar el mundo. Para qué, ¿no?

6. Sin embargo, se siguen cazando ballenas. Son asesinadas con algún fin, noble o no, y eso hace que los ecologistas y los defensores del medio ambiente luchen por sus…ehhhhhh…derechos…animales…a vivir…o algo así. Ah, ya sé: para que no se extingan. Nadie quiere que los animales se extingan, porque eso es jodido para el ecosistema, las cadenas alimenticias, etc., etc. Hay que preservar a los animales para que se coman a otros animales, y todos felices. Ciencias Naturales del secundario, ya saben.

7. La cosa es que los dinosaurios sí se extinguieron y nadie luchó por sus derechos dinosáuricos a la vida. En parte porque no había hombres, ni mucho menos filósofos, ni menos que menos organizaciones protectoras de dinosaurios.

8. Parece que cayó un meteorito grosso y los dinosaurios se extinguieron. Pero ojo, buena parte de sus restos terminaron siendo fundamentales para nuestra existencia. Tal como lo postulara la científica Patricia Bullrich, “nada se pierde, todo se transforma”. Con esto quiero decir que los restos de dinosaurios fueron sedimentándose en capas subterráneas durante millones de años hasta transformarse en….¡petróleo! Así que -si me permiten simplificar un poco- el bondi que te lleva al laburo es impulsado por una familia de pterodáctilos. El auto de tu jefe, por un triceratops, y así sucesivamente. (¿Se acuerdan del Cadillacs and dinosaurs? ¡Juegazo!).

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Cadillacs-and-dinosaursdinosaurios

9. Eso me hace pensar en que hay una serie de paradojas en la épica batalla de Camila Speziale y sus amiguis “activistas” de Greenpeace: se fueron al culo del mundo para frenar las perforaciones de la poderosa petrolera rusa Gazprom. No se fueron en un barco a vapor ni mucho menos remando, sino que quemaron combustible (¡pobres pingüinitos, no podrán respirar bien!). Y para colmo, fueron a evitar la explotación de la energía que los dinosaurios nos legaron tan amablemente. Cuidan la vida, se preocupan por las especies… la ecología es el etnocentrismo de la humanidad enamorada de sí y de su mundo, una humanidad que se niega a entregar el envase retornable, ignorando que la rueda del tiempo nos pasa por arriba. Incluso la creencia en la reencarnación expresa un narcisismo muy propiamente humano.

10. En una charla entre compinches, Horacio Verbitsky le dijo a Juan Gelman que el destino de ellos era convertirse en fósiles “para que haya combustible en algún lejano futuro”. Claro, el perro y el poeta estaban hablando metafóricamente (las futuras generaciones, bla, bla, bla). Pero si lo interpretamos en términos literales, ¿no es acaso una forma más bella y extrema de concebir la existencia? No ya pensar en el individuo, tampoco en la especie, sino en algo más grande y desconocido. Tirar un boomerang en la oscuridad de los tiempos y esperar que no vuelva: que lo agarren otros, dentro de algunos millones de años, y que con nuestros restos iluminen e impulsen -como hicimos nosotros con las ballenas y los dinosaurios- un nuevo mundo.

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[Imágenes y memes obtenidos por medio de una simple googleada]

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