Festipulenta Vol. 20: inolvidable

1. Sábado y domingo se realizó una nueva edición del Festipulenta, el ya tradicional festival indie/under/como-quieran-llamarlo que organizan Nicolás Lantos y Juan Manuel Strassburger. No se trató de una edición más, sino de la vigésima y en la que se cumplieron cinco años ininterrumpidos de Festipulenta. Por ese motivo, la fiesta se trasladó del acogedor Zaguán al más espacioso y coqueto Club Cultural Matienzo. Estuvimos allí la primera noche y trataremos de argumentar por qué fue y será inolvidable.

2. La grilla fue generosa como siempre, o incluso más que siempre, porque tocaron siete (¡siete!) bandas, más un par de sets acústicos, ciclos de poesía y la habitual feria con puestos de revistas, libros, comics, remeras y discos.

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LAS BANDAS

3. Los Rusos Hijos de Puta (¡gran nombre!) abrieron la noche desplegando toda su pirotecnia, dejando en claro que se venía una tormenta eléctrica. Olfa Meocorde se presentó en formato de trío, con alto voltaje y canciones bien al palo. Los platenses de Sr. Tomate, a esta altura una banda mítica en el ambiente, con más de diez años encima, ofrecieron un buen repertorio que fue muy celebrado por el público. Todos ellos estuvieron geniales y agitaron de lo lindo. No obstante, permítanme detenerme particularmente en cuatro actuaciones: las de La Ola que quería ser Chau, Acorazado Potemkin, Los Espíritus y Fútbol.

4. La Ola que quería ser Chau aportó uno de los momentos más festivos, con todo su colorido habitual. Fue un show festivo en el sentido más literal de la palabra: lucieron vestuario y peinados colorinches, con mucha personalidad, e incluso lanzaron globos desde el escenario. Claro, también ofrecieron buen sonido y emoción, con dos de los grandes hits de la noche: Canción robada (“sí, ya sé, soy el peor”) y Gustan de vos todos mis amigos. Migue y Rocío conforman una dupla vocal que se complementa de manera perfecta. El rock a veces tiende a volverse muy serio. Por suerte hay bandas como La Ola para recordarte que tal cosa es una farsa, y que la frivolidad puede ser desafiante y vital.

5. Acorazado Potemkin, que ya sacudió la escena local con su primer disco en 2011, presentó algunos temas que estarán en el segundo. La nave revolucionaria de Eisenstein está en buenas manos bajo la pericia de Luciano Esain (ex Valle de Muñecas), Juan Pablo Fernández (ex Pequeña Orquesta Reincidentes) y Federico Ghazarossian (ex Los Visitantes, Don Cornelio y la Zona, Me darás Mil Hijos). Al principio el sonido no les jugó a favor, pero con el correr de los minutos pudieron acomodarse y demostrar toda su contundencia de power trío, con algunas perlas de titanio como La Mitad (un auténtico tango del siglo XXI: “Si es cierto que lo nuestro se termina, si es cierto que hay que hacerle un final, entonces quiero que te lleves mi hombro izquierdo, que sin tu pelo no lo voy a usar jamás”) o Puma Thurman. Acorazado Potemkin voló cabezas con esa mezcla compacta de sonido industrial y poesía de arrabal. Una presentación sólida como un tanque soviético.

6. ¿Qué se puede decir sobre Los Espíritus? Seguramente volveremos a referirnos a ellos en algún momento, pero por ahora digamos que Los Espíritus juegan a otro deporte. No se parecen a nada. Tienen una lírica y un ritmo tan propios que sólo podemos compararlos consigo mismos. Y en vivo la rompen. Maxi Prietto (el mismo que viaja al cosmos con Mariano) hace años que viene componiendo canciones inmortales, y en esta formación se potencia con la impronta de Santiago Moraes y un dúo de percusión que contienen el ADN sonoro de la banda. Bajo y segunda guitarra complementan esta orquesta chamánica que enloquece a todo el mundo. Los Espíritus protagonizaron enormes momentos de la noche (y -¿por qué no?- del año) con Las Sirenas, Noches de verano y un cierre a todo trapo tocando Lo echaron del bar. Con Los Espíritus, todo el año es carnaval.

7. El cierre del festival estuvo a cargo de Fútbol, una de esas bandas que sólo pueden ser comparadas con otras igual de excéntricas (¿Jethro Tull, King Crimson?). Juan Pablo Gambarini en guitarra, Santiago Douto en batería y voz, y el violín furioso de Federico Terranova arman un combo explosivo. Si usted creía que sólo Ray Manzarek podía lograr que no se extrañara el sonido del bajo, se equivoca. Este particular trío toca al palo y con virtuosismo, jugando con sus propias reglas. Varias horas habían pasado ya de la medianoche, el público estaba eufórico y los Fútbol tocaron ese himno urbano, marginal y demoledor que es La Razón a voluntad. Tembló la tierra.


EL AMBIENTE

8. Como siempre, parte del encanto del Festipulenta está en lo que lo rodea: la feria con mesitas llenas de libros, revistas, comics, remeras, discos y cosas por el estilo. Cosas piolas hechas por gente entusiasta. Cuando llegás a tu casa tenés el bolsillo trasero del jean lleno de flyers y otros papeles de lugares a los que en algún momento vas a ir. Llamó mi atención, por ejemplo, la obra poética completa de Fabián Casas editada por Eloísa Cartonera. También me gustó el puestito de Editorial Funesiana, que tiene una colección de libros llamada genialmente “Choreos virtuales”, en la cual figura una edición de El derecho de matar, de Barón Biza, que le hubiera encantado al amigo HB. Funesiana -pueden chequearlo en su sitio web– se presenta como “editorial de libros digitales, en papel y artesanales, hechos a mano uno por uno”.

9. El Festipulenta, ya lo dijimos anteriormente, genera un clima de camaradería generalizada en el que todo el mundo pareciera ser amigo de todo el mundo. Los músicos se pasean entre el público, charlan y se toman una cerveza con los pibes. Incluso asistieron músicos que no tocaban, como Ariel Minimal de Pez, o Gustavo Monsalvo de El Mató a Un Policía Motorizado y Sue Mon Mont (el nuevo proyecto de Rosario Bléfari). En el baño, mientras varios hacíamos cola para vaciar vejigas, se cruzaron Santiago de Los Espíritus y el bajista de Acorazado, intercambiando elogios y buena onda. También pudo verse a periodistas del palo, y claro, a Lantos y Strassburger festejando las canciones como cualquiera de nosotros. Todo eso, que seguramente no está incluido en el precio de la entrada, es parte de lo que hace del Festipulenta un evento excepcional.

10. En algún momento de la noche le saqué la mirada al escenario y miré alrededor. Pensé: “qué linda época para tener 17 años, creer en la inmortalidad y creer que la música puede salvar al mundo. Qué lindo debe ser no haber pasado por esa etapa en la que –Casas dixit– los héroes del rock nos traicionan ‘y de esa manera nos preparan para la vida adulta’. Qué bueno que tus ídolos del rock estén vivos y vitales, escriban las canciones que te conmueven y las canten a dos metros de tu cara. Qué lindo debe ser”. Un segundo después me corregí y me dije a mí mismo: “qué lindo es, a pesar de que estés pisando los 30. Lo mismo si tuvieras 70, boludo”.

 

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