Una noche en el Festipulenta

Viernes por la noche, a unas cuadras del Congreso. Una edificación antigua, una puerta estrecha y alta. Adentro, con disimulo, estaba empezando a tomar color el festival de música más piola de Buenos Aires: el Festipulenta.

El Festipulenta es un festival de bandas independientes que nació para juntar a un montón de bandas dispersas (principalmente en La Plata y el sur del conurbano) que están renovando subrepticiamente la música rock de la Argentina. Juan Manuel Strassburger, periodista de cultura rock, lo define como “un festival amiguero, de experiencia vital y genuina”. Junto con su colega y compinche Nicolás Lantos, vienen organizando estos festivales desde 2009 y la de este fin de semana fue la edición número 18 (¡!). Y todo de manera autogestiva: con lo recaudado cubren los gastos y arman el “pozo pulenta” que les permite traer bandas de afuera. Es decir: no hay ganancia, la única rentabilidad que persiguen es musical. Sin sponsors de cervezas ni celulares, sin campos VIP: la música es la protagonista.

Además de organizar el Festipulenta, Juan Manuel y Nicolás hacen La hora pulenta (programa de radio que sale todos los sábados de 14 a 16hs por Nacional Rock) y editaron el Compipulenta (un disco compilado con temas de bandas del palo). Su centro de operaciones es el blog Cosas Pulenta. Tanto el festival, como el programa y el compilado están imbuidos del mismo espíritu, y te interpelan como un amigo que te da un chirlo en el brazo y te dice: “¡loco, tenés que escuchar esta banda que la rompe!”.

EL AMBIENTE
El Festipulenta se hace en el Zaguán Sur, un centro cultural que viene haciéndose un espacio en el circuito alternativo. Tengo la costumbre de caer temprano a los recitales, para escuchar a las bandas soporte. En este caso no había tal cosa, tocaban cuatro bandas pero ninguna era “la principal”, ninguna era “soporte”. ¿Para qué? Llegué y me acomodé en la barra con una cerveza. En seguida advertí que a dos metros estaban Nicolás y el Tüssi Dematteis -frontman y cantante de La Hermana Menor- charlando sobre marcas de whisky. Al lado una chica le contaba a un pibe sobre unos locos que consiguieron un meteorito prestado para hacer una obra de teatro. Sí, un meteorito.

En la entrada me habían dado varios flyers. Luego noté que tres de esos flyers tenían poemas, con un diseño muy piola, en formato de postal. Son para promocionar el sitio web de Santos Locos, que -leo ahora- se define de la siguiente manera: “Santos Locos surge con la idea de dejar atrás las ediciones de autor, el papel, la peregrinación de editorial en editorial y así volver a pensar en poesía como quien no puede dejar de leerla y más importante aún como quien no puede dejar de escribirla”. Poesía con espíritu pulenta.

Camino al baño había una pequeña feria en la que editoriales y sellos independientes ofrecían sus productos. Poesía, literatura, comics, revistas, remeras, CDs y hasta… ¡cassettes! (sí, por ejemplo el último de Él Mató a un Policía Motorizado fue editado en ese amigable formato). Para mi decepción, no había discos de La Hermana Menor, cosa que le recriminé en persona al mismísimo Tüssi mientras tocaba SUB. ¿Su respuesta? Un gesto y una sonrisa, como diciendo “nos dormimos”. Inmediatamente recordé algo que declaró hace unos días: “no somos un secreto ni una guerrilla artística, pero al mismo tiempo no hacemos ninguna de esas cosas sensatas que hacen que los grupos se vuelvan populares”.

El Festipulenta genera un clima de camaradería generalizada. Si se hiciera un estudio de proxémica à la Edward Hall , se podría probar que la gente se saluda y se abraza más afectuosamente que en cualquier otro lado.

LAS BANDAS
SUB, de visible buen ánimo, abrió la noche con sus canciones entusiastas, en sintonía con el clima del lugar. Tocaron un buen rato y cerraron su presentación con una especie de zapada instrumental que estuvo muy bien. Luego cedieron lugar a la banda internacional y la más esperada: La Hermana Menor.

LHM es seguramente el secreto mejor guardado del rock uruguayo. A diferencia de sus colegas de La Vela Puerca o No Te Va A Gustar, no son un fenómeno masivo ni de un lado ni del otro del Río de La Plata. Sin embargo, vienen componiendo desde hace dos décadas unas canciones geniales, elegantes y rockeras, llenas de poesía y humor (“Valentina llegó el viernes con un nuevo novio. Parece que cada año consigue uno un poco peor”), que hablan de paisajes metafísicos e historias mínimas (“en la Avenida de los Ginkgos el otoño comenzó. En la alfombra amarilla que hace la suplencia al sol”). En una de las canciones más lindas del último disco (Canarios, 2010), el gran Tüssi narra una suerte de incursión fenomenológica por el Parque Rodó de Montevideo.

En tercer lugar estuvieron los Furies. Son una verdadera máquina sonora con una formación rarísima: bajo, batería y guitarra, un cuarto músico que alterna entre segunda guitarra y arreglos de distinto tipo, y luego los dos cantantes que además disparan sonidos desde consolas y sintetizadores. El resultado es un shock eléctrico que te deja en llamas. Si se filmara una nueva Matrix, harían bien en incluir a los Furies en el soundtrack.

Furies
Furies

La banda que cerraba la noche, Go Neko!, es conocida en el ambiente. Yo sólo había escuchado su último disco (está en Bandcamp), pero escucharlos en vivo es una cosa completamente distinta. El baterista es claramente un animal, comanda la banda con sus golpes violentos y potentes. Al frente del escenario un flaco dispara sonidos y fragmentos de discursos de Salvador Allende y el Che desde un iPod o algo parecido; el resto aporta distorsión y contundencia. Hay algo paradójico: parecen autistas, porque casi no interactúan con el público y entre ellos mismos no intercambian más que algún gesto. Para colmo, sus canciones son básicamente instrumentales. Pero las apariencias engañan, porque los Go Neko! lograron transmitir una energía y un ritmo que agitó el pogo como nunca antes en la noche.

DOS COMENTARIOS FINALES

Tal vez debí advertirlo en un principio: aquí se hace abuso de expresiones como “el ambiente”, “alternativo”, “under”, “indie” y otras afines. No sé muy bien qué significan, pero creo que, precisamente en virtud de esta falta de definición es que estas palabras tienen sentido. De hecho, el concepto “pulenta” no dice mucho, pero lo resume todo. Parafraseando a Agustín de Hipona, yo diría: “si me preguntan qué es pulenta, no lo sé. Si no me lo preguntan, lo sé”.

Algún día se escribirá la historia de estos años de rock alternativo. O alguien defenderá una tesis sobre el circuito “indie”. Allí tendrán su merecido capítulo Nicolás y Juan Manuel, como generosos curadores de un movimiento imparable. Un movimiento pulenta.

festip

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2 thoughts on “Una noche en el Festipulenta

  1. Estuvé ahí. La onda y la noche circulaban por cada rincon. Muche gente pulenta dispuesta a hablar de los suyo. Gracias por ponerle palabras en esta mini reseña a ese hermoso festival.
    Abrazo.

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