La miseria

1080994_10201749878289238_1472707653_n

“Mirame y dime si puedes sentir algo”

Durante algunas semanas el reloj del tiempo parecía deslizar sus granos rápidamente contenidos en el vidrio ilusorio de Cronos. El “Rubio” seguía con sus negocios turbios distribuyéndolos por el barrio y la sede mientras nosotros nos  colocábamos la venda limitándonos solamente a limpiar su urinario. Sin embargo, no todo era negativo en ese enjambre de miserables que se enriquecían a la costa de los vulnerables, con mi grupo notamos algunos cambios positivos. Uno de ellos fue un chico desesperado pudiendo recuperarse de a poco de las adicciones que tanto lo agobiaban. Además, mi grupo de tutores empezaron a estar seguros del contenido que enseñaban.

El mediodía de un martes, una asistenta social, a la que llamare Lucia, me cito para que cuidara a una nena mientras ella buscaba sus juguetes. Al acercarme, vi un pequeño cuerpecito encorvado riéndose. La chica tenia aproximadamente unos 16 años, piel morena con pequeñas manchas blancas tatuadas a fuego sobre sus brazos y parte de la cara. Sus cachetes esbozaban una febril alegría repentina, que iluminaban sus lagrimosos ojos enmarronados. Esos ojos nunca los olvidaré. Dentro de ellos se ocultaban una de las necesidades más básicas de un ser humano: el cariño. Inclusive, podría decir que su nombre, que creo que era Milagros, fue una metáfora de su existencia. Al volver con los juguetes, Lucia me contó su historia: Mili era la hija menor de 4 hermanos, al cumplir un mes de vida, debido a su retraso mental y de desarrollo, su madre, que sufría de alcoholismo, la prendió fuego. De allí quedaron muchas de sus secuelas motrices y las manchas en la piel. Sin embargo, frente a este acto inhumano, la madre siguió gozando de su tenencia legal.

Quede sin palabras, mi seca boca encarceló su lengua sintiendo la acalorada mandíbula exprimiendo mi cerebro por la indignación. La niña siguió jugando inocentemente con sus juguetes, uno de ellos se cayó y al intentar recogerlo del piso, sus frágiles piernecitas no le permitieron hacer el movimiento. Lucia se lo alcanzo sonriéndole tiernamente. A los pocos minutos, vino su hermano a buscarla. Era un joven caracterizado por la educación y la amabilidad que tienen las personas humildes al demostrar agradecimiento. Mi coordinadora se aproximo a ellos con varios envases de leche donados por el municipio para regalárselos. A juzgar por sus muestras de alegría, estarían bien alimentados por unos días.

El jueves volví a dejar a mis tutores de lado. Decidí ir al campito techado donde había un grupo de chicas haciendo educación física, y en un costado estaban sentadas en sillas de plástico Lucia junto a Milagros. Después de hablar algunas palabras con ambas, recuerdo una sensación rara al ver los ojos de Mili observando a las chicas jugando con la pelota. Estaban brillosos, parecían querer desprenderse de su orbitas, como intentando levantarse para unirse al juego. De golpe, una pequeña sensación llego a mi cabeza; era sobre la miseria: esa chica sabia bien que era eso. A ella el desarraigo le había arrebatado sus posibilidades de jugar, correr, divertirse. O al menos de hacerlo como lo hacen todos. Sin embargo, también supongo que eso le habrá dado la posibilidad de hacer algo con sus limitaciones y ser feliz de alguna manera. En el absurdo sin sentido de sus risas al menos… Un pequeño golpe en el hombro me devolvió a la realidad bruscamente, dejando de lado mis conjeturas sin fundamentos: Lucia mirándome seria me dijo:-“No la mires así, podes hacer algo…”. De su mochila saco unos cuadernos acompañados por crayones de varios colores.

Esa mujer me enseño una hermosa lección: frente a lo que consideramos como “miseria” tenemos dos opciones: ignorarla o reaccionar. Supongo que ver la miseria frente a frente para los afortunados dura solamente un momento, un instante efímero que se dispersa en un profundo suspiro. El hálito de nuestro aliento es la respuesta al fúnebre regocijo de años de marginalidad y de ausencia. La hoja en blanco en cambio, significaba alejarme de mi mismo y de mis pensamientos, me brindaron la posibilidad de hacer algo. Mili tomo un color con todos sus dedos y comenzó a dibujar algo parecido a un castillo invitándome a seguirla. Empecé a hacerlo, dibujando en mi hoja un impotente cielo de color celeste, rodeado por densas nubes bordeadas de un color gris opaco. Ella seguía entusiasmada dibujando formas de su castillo. De momentos dirigía sus ojos sobre mí, como invitándome a seguir dibujando. Por un momento me deje llevar, como volviendo a ser un pequeño niño envuelto en la inocencia de mi alma, con el abandono de mi raciocinio plasmando en cada trazo de mi imaginación en garabatos deformes. En el trabajo, disfrute de las risas absurdas, de volver a sentirme ilimitado, sin pensamientos. Me volví inocente e inmutable.

Finalmente, luego de unos minutos, pude ver el castillo de Milagros. Era el más maravilloso y hermoso que vieron mis ojos. Intenso como pocos, pero más que nada, representaba la libertad absoluta y desinteresada. Era el castillo de los milagros miserables.

A partir de ese día, siempre intentaba hacerme un tiempo para juntarme con Lucia y Milagros en “competencias de dibujos”. De esta manera, durante un tiempo, “El Rubio” junto a toda esa maquinaria municipal con sus engranajes oxidados se volvieron algo secundario. Tenía cosas más importantes que preocuparme por un grupo de miserables: tenia a mis chicos que me habían salvado de mi mismo mostrándome diariamente su maravillosa forma de construir su realidad.

Supongo que en sí la palabra miseria es algo puramente semántico, lo cuál no reduce la importancia del significado que quizás engloba o nos mueve desde lo profundo de nuestro ser. Hay un poema de Julio Cortazar donde desde mi punto de vista, describe la miseria según su experiencia dejándonos un panorama abierto a lo que percibe frente a ese “suspiro espontáneo”…

La verdadera cara de los ángeles 
es que hay napalm y hay niebla y hay tortura.
La cara verdadera es el zapato entre la mierda, el lunes de mañana, el diario.
La verdadera cara
cuelga de perchas y liquidación de saldos.
De los ángeles la cara verdadera
es un álbum que cuesta 30 francos
y está lleno de caras:
las verdaderas caras de los ángeles.
La cara de un negrito hambriento,
la cara de un cholito mendigando,
un vietnamita, un argentino, un español,
la cara verde del hambre verdadera de los ángeles.
Por 30 francos la emoción en casa.
La cara verdadera de los ángeles,
la cara verdadera de los hombres,
la verdadera cara de los ángeles.

 

Julio Cortazar

 

[Esta es la tercera entrega de El Envión. Aquí las primeras dos: El subsuelo de la democracia (1) y Vini, vidi, vici (2)]

Anuncios

3 thoughts on “La miseria

  1. Es increible lo que niños y muchas personas que por diversas razones creen aun ser niños, nos enseñan!… Me identifique mucho con lo que lei, mi lugar de trabajo me enseña un poquito cada dia a vivir… hermoso lo que escribsi

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s