Maquiavelo, de la utopía a la política

[Segunda y última parte del post sobre Maquiavelo y nosotros, de Louis Althusser]

En el fondo, qué preconizaba Maquiavelo si no, mucho antes que Tchernitchevski y Lenin, el problema y la pregunta, ¿qué hacer?

Louis Althusser*

Maquiavelo, el filósofo de la artimaña

Si hay algo que nunca será subrayado en modo suficiente, es el carácter ambiguo de la obra de Maquiavelo. El sentido de la misma se encuentra atravesado por toda una serie de paradojas. Al fin y al cabo, si su fin es instruir a los Príncipes, ¿para qué hacer pública la obra?

También es conocido que sus primeros lectores, intelectuales de la religión y de la moral, no tardaron en condenarla. Los jesuitas lo calificaron como diabólico y rápidamente quedó establecido el adjetivo “maquiavélico” con un sentido claramente infamante.

Luego, ya en el siglo XVIII, Diderot y Rousseau lo leyeron bajo el signo de la sospecha. Así, en la Encyclopédie se remarca lo que Diderot presume como el error de leer El Príncipe en términos literales: “fue un error de sus contemporáneos desconocer el objetivo de El Príncipe: ellos tomaron una sátira por un elogio” (p. 67). Es decir: que el pueblo guarde de someterse a un amo, pues será tal y como lo describe Maquiavelo. Por su parte, en El contrato social, Rousseau afirma: “fingiendo dar lecciones a los reyes, se las ha dado, y muy grandes, a los pueblos. El Príncipe de Maquiavelo es el libro de los republicanos”. Rousseau cree que la intención que se esconde en este libro se hace explícita en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, donde Maquiavelo hablaría ya sin la necesidad de mantener la apariencia de un monárquico.

En efecto, Rousseau se engaña pero señalando una relación compleja entre estas dos obras del florentino. Bien pueden ser leídas como contradictorias. Sin embargo, dentro del inasible sistema de oposiciones de Maquiavelo, Althusser descubre una precisa articulación. Ni los Discursos… son a favor de un gobierno republicano, ni El Príncipe a favor de un monarca. Son dos etapas de un mismo proceso: la consolidación del Estado capaz de durar.

En los Discursos…, Maquiavelo expone su teoría cíclica de la historia, que toma de alguna manera la tipología de Polibio. Sin embargo, parece detestar las tipologías: “todos los tipos de gobierno son defectuosos” (p. 73). En su lugar, introduce un Estado que en su ciclo de transformaciones pasará por distintas formas de gobierno, tal vez en combinación, sin aferrarse a ninguna. Hay que insistir: no busca lo bueno, sino lo durable.

Es entonces cuando Althusser concluye sobre el carácter ambiguo de la obra principal de Maquiavelo: “la verdad de El Príncipe aparece entonces como lo que es: una prodigiosa artimaña, la de la no artimaña, una disimulación prodigiosa, la de la no disimulación: la gran red de la ‘verdad efectiva’ expuesta a plena luz del sol en la que los Príncipes caerán por sí mismos. La ‘verdad’ sobre la política es una artimaña política” (p. 66).

 Maquiavelo2

Dotados de virtú

¿Qué es la virtú? ¿Qué significado oculto posee ese concepto al que Maquiavelo alude con tanta obstinación? Sería imprudente hacer una referencia a este concepto sin antes explicitar el contexto y los discursos contra los que el florentino emprende su obra.

Maquiavelo escribe consciente de que su obra representa una ruptura respecto a sus contemporáneos y los antiguos, sabe que está en el comienzo de algo. Esta nueva vía, que aún llega hasta nuestros días, es nada más y nada menos que la vía de una ciencia política hasta entonces inédita. Frente a los discursos de la representación política, él propone pensar la materialidad política. Declara: «Mi è parso più conveniente andare dritto alla verità effectuale della cosa che all’immaginazione di essa». Esa «cosa» es lo que los humanistas, la tradición de la ideología cristiana y todas las teorías políticas de la Antigüedad han invisibilizado. Althusser aporta un comentario clarificador: “excepción hecha de Aristóteles, a quien cita una vez de pasada, Maquiavelo no invoca los grandes textos políticos ni de éste, ni de Platón, ni de los epicúreos, ni de los estoicos, ni de Cicerón. Él, que admira tanto la Antigüedad y alimenta su pensamiento con ejemplos extraídos de la historia de Atenas, Esparta y Roma, no se ha referido nunca a ella más que con su silencio” (pp. 47-48).

Como intérpretes de un pasado idealizado, los teóricos han venido haciendo una lectura parcial, descontextualizada, de una historia que les es común. Lo que hace Maquiavelo es “poner en evidencia un dispositivo teórico que rompe con los hábitos de la retórica clásica, donde lo universal reina sobre lo singular” (p. 54). La «cosa» a la que apunta Maquiavelo es nada más y nada menos que la práctica política, el problema político. Althusser sugiere que tal vez haya sido el primer teórico de la coyuntura, ya que pensó bajo y no sobre la coyuntura sin ignorar las relaciones de fuerza efectivas. De esta manera, Maquiavelo afirma su pensamiento oponiéndose y denunciando –con su silencio– a la ideología dominante en la reflexión política de su época.

Por lo tanto, Maquiavelo no va a Roma a buscar lo que todos buscan allí, es decir, la virtud moral. Por el contrario, lo que él busca es la virtú. Con este término, Maquiavelo se refiere a las condiciones subjetivas de excelencia que harán posible la unificación de Italia bajo el mando del Príncipe.

Sucede que “los hombres italianos están individualmente dotados de virtú, tan sólo les hace falta la virtú militar, que proviene de los jefes, y la virtú política, que viene del Príncipe” (p. 89). Esta excelencia que los individuos italianos demuestran en ciertas esferas, es la evidencia y la garantía de posibilidad de la virtú política y militar.

La encarnación de la virtú política es el Príncipe, cuya perfección “no está en la virtud moral, sino en la virtú política, es decir, en la excelencia de todas las virtudes políticas, de carácter, de inteligencia, etc., inherentes a él que le permitan cumplir su tarea”. El Príncipe sólo cuenta por el resultado, esto es, por fundar el Estado nacional. Puede ser cruel y embustero porque sólo será juzgado por el éxito de su tarea. El Príncipe someterá, finalmente, la moral a la política.

Ahora bien, para cumplir su fin, el Príncipe debe disponer de los medios necesarios: “el objetivo es el de constituir una base política radicalmente nueva. Esta base, para poder existir, deberá ser impuesta por la fuerza; deberá extenderse por la fuerza para poder durar y deberá derribar uno tras otro todos los miserables Estados italianos y defenderse por la fuerza contra los Estados extranjeros” (p. 127). Con lo cual comienza a dibujarse definitivamente la silueta del factor fundamental que encarnará la virtú militar: el ejército. El ejército es el instrumento por excelencia del poder del Estado, no solamente porque permite ejercerlo y, así, hacer persistir la existencia misma del Estado. Además, su protagonismo es central por cuestiones que van más allá de lo estrictamente militar, “pues el ejército es el crisol de la unión política e ideológica del pueblo, la escuela de formación del pueblo, el devenir pueblo del pueblo”.

Por todo lo dicho, vale la pena cerrar esta presentación de la obra con una última observación de Althusser, cuando hacia el final del texto reflexiona:

 “¿Utopía? Basta con conocer a grandes rasgos la historia de la constitución de los Estados nacionales para ver que Maquiavelo no hace otra cosa más que pensar las condiciones de existencia y de clase de esta forma de transición entre la feudalidad y el capitalismo que es la monarquía absoluta.

Maquiavelo no es en absoluto un utopista: él no hace sino pensar el caso coyuntural de la cosa, y va dritto alla verità efectúale della cosa. Él la afirma en conceptos que son filosóficos, y que hacen sin duda de él, en su inconsciencia, su soledad y su desprecio hacia los filósofos de la tradición, el mayor filósofo materialista de la historia”.

 

 

 

*Fuente: Althusser, Louis. El porvenir es largo – Los hechos. Ed. Destino, Barcelona, 1992

 Resto de las citas: Althusser, Louis. Maquiavelo y nosotros. Akal, Madrid, 2004.

Ver primera parte del post: “La materialidad política según Althusser y Maquiavelo”

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2 thoughts on “Maquiavelo, de la utopía a la política

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