La materialidad política según Althusser y Maquiavelo (primera parte)

[Primera parte de la reseña de Maquiavelo y nosotros, de Louis Althusser]

“He querido reflexionar sobre este enigma (…). Sobre esta presencia siempre actual a pesar de los siglos, como si Maquiavelo, desde su plano, donde habitan hombres y bestias, hubiera, desde siempre, descendido entre nosotros y nos hablara”.
– Louis Althusser
 
Introducción

Althusser vuelve a Maquiavelo. Avisa, en un breve prefacio, que gracias a la obra de Claude Lefort, Le Travail de l’œuvre. Machiavel, ha entendido por fin para quién escribía Maquiavelo.

De todas maneras, Althusser se disculpa y advierte al lector que volverá a Maquiavelo para leerlo como lo han leído sus contemporáneos: “yo quisiera dar otro punto de vista sobre Maquiavelo: aquel que compartieron todos sus lectores directos, para quienes también escribía, puesto que existían, y que es el punto de vista que nosotros también tenemos, como si fuéramos, por un milagro que habrá que aclarar, contemporáneos de sus primeros lectores anónimos” (p. 43).

Sin embargo, Althusser viaja hacia Maquiavelo como arqueólogo. Excava en las obras del florentino y desempolva los instrumentos conceptuales que encuentra, para ver si –tras las capas sedimentarias de sentido– se halla escondido algún tesoro. Y, en efecto, se tropieza con un proyecto político que lo interpela.

El punto de vista de Maquiavelo

Para saber por qué este proyecto interpela a Althusser, primero hay que ponerlo en términos de Maquiavelo, es decir, de acuerdo su contexto.

Maquiavelo busca una forma de unificar Italia, pero no a partir de una ideología moral como acostumbran los pensadores clásicos. No busca el buen gobierno, sino la fundación de un Estado duradero y capaz de extenderse. Se trata de un objetivo que lo impone la Historia; que ya se ha concretado en otros países de Europa y no en Italia, donde los poderes particulares tienen sus pies en el feudalismo.

El ejemplo al que apela Maquiavelo es nada más y nada menos que la antigua Roma. Pero no desde una perspectiva idealizada, como lo hacen los contemporáneos de Maquiavelo, sino haciendo lugar a las prácticas políticas cotidianas, a ese material empírico que es invisibilizado por los teóricos. Según el mito fundacional, Rómulo asesinó a su hermano Remo y fundó la ciudad en soledad. La necesidad de una fundación violenta y autoritaria es también un requisito de la Historia: es la única forma de doblegar a los particularismos. La forma política capaz de suscitar esta posibilidad es el Príncipe.

Una conceptualización más sobre el significado que tiene Roma para Maquiavelo. Como República fundada por reyes, tiene una doble importancia: es, por un lado, la experiencia objetiva y observable de la fundación de un Estado que ha durado y, por otro lado, es la posición de un problema político que ha sido resuelto: el de Italia. Así, Roma emerge del pasado para señalar el futuro. Maquiavelo construye una continuidad ilusoria entre la antigua Roma y la Italia de su tiempo.

Maquiavelo

Sin embargo, el viaje de Maquiavelo hacia la Antigüedad es de una naturaleza radicalmente diferente al que luego emprenderían los teóricos revolucionarios del siglo XVIII. Althusser señala: “Lo que él busca en Roma no son los elementos de una ideología moral, sino, por el contrario, entre otras cosas, la prueba de la necesidad de someter la moral a la política. Lo que busca no es la virtud, sino la virtú, que no tiene nada de moral, ya que tan sólo designa la excelencia de la capacidad política, de la potencia intelectual del Príncipe” (p. 85). Más adelante se analizará el papel central que tiene la virtú en el proyecto de Maquiavelo.

Entonces, si este proyecto es distinto al de las revoluciones burguesas, en las que la frase desborda el contenido, según observará Marx ya en el siglo XIX; ¿qué tiene de ilusorio? Es ilusorio porque subestima la distancia entre una misión histórica necesaria y sus condiciones de realización, atravesadas por la contingencia del hombre y del mundo. Maquiavelo busca la realización artificial de un proceso que sólo se ha dado espontáneamente en escenarios que contaban con las condiciones para que así sea.

Es el Príncipe quien tiene la tarea de emular lo que en otras regiones de Europa ya habían hecho los monarcas absolutos: construir la unidad nacional. El Estado absoluto, en manos del Príncipe carismático, será el encargado de arrancar las raíces que atan a Italia con el feudalismo para encauzar los “humores sociales”, que no son otra cosa más que la lucha de clases. Si el capitalismo aún no logra superar el umbral, esto se debe a que, entre otras cosas, la Historia está esperando que de una vez por todas sean expropiados esos poderes de los pequeños y múltiples principados italianos.

Ahora bien, Maquiavelo deja perfectamente claro que no tiene en mente una forma de gobierno en particular, sino que su interés está centrado en la construcción de un Estado duradero. Lo cual lo hace tomar conciencia de la imposibilidad de obtener estabilidad con el exclusivo recurso de la violencia. La fuerza, por sí sola, conduce a la tiranía, y ésta, al odio. Para fundar el Estado capaz de durar y extenderse, hay que agregar el consentimiento; lo cual seducirá siglos más tarde a Antonio Gramsci, quien veía en El Príncipe una especie de “manifiesto revolucionario, pero utópico” y un prototipo de la hegemonía.

El consentimiento obliga en otro punto: para conseguirlo, el Estado tendrá que ser un Estado popular. Una vez que el Estado se ha fundado en la autoridad y la fuerza del Príncipe, debe autolimitarse: así nace la República. Las leyes no son otra cosa que conquistas del pueblo ante el poder abusivo de los gobernantes.

Es conocido cómo, al describir/prescribir el desempeño del Príncipe, Maquiavelo introduce la figura del centauro. Mitad bestia, mitad hombre, esta figura mitológica representa la dualidad en el ejercicio del poder: la fuerza y el consenso. No obstante, Maquiavelo agrega un detalle magistral: la bestia se desdobla. El Príncipe debe ser león para atemorizar y zorro para engañar. Lo propio del zorro es la artimaña. Althusser afirma que la artimaña consiste en “una manera de gobernar a las otras dos formas de gobierno: la fuerza y las leyes” (p. 122). Y agrega: “si el Príncipe quiere alcanzar sus fines nacionales y populares (sic), debe comenzar por respetar la ideología del pueblo, incluso y sobre todo, si quiere transformarla” (p. 123).

Fuente de las citas: Althusser, Louis. Maquiavelo y nosotros. Akal, Madrid, 2004.

Ver segunda parte del post:  “Maquiavelo, de la utopía a la política”

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