El bardo democrático

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Cuando nos dedicamos, so pena del esfuerzo, a observar el cotidiano discurrir de los medios de comunicación y su devenido lugar como pasarela de políticos de diversas fuerzas, podemos ver, con una mirada atenta, la multiplicidad de lugares comunes que juegan en los discursos que se expelen con apasionada vehemencia.  Que no hay libertad de expresión, que estamos ante un evidente fin de ciclo (hace 5 años…) que, en definitiva, la grieta moral que se abre en el “ser nacional” es la de la falta de acuerdos. La pregunta que invito a hacernos es: ¿Qué implica esta sentencia?

Por necesidad de normalidad, buscamos aunque más no sea de manera precaria el acuerdo, la armonía, la concordia. Por eso los comentaristas de la TV se rompen el pecho pidiéndolo y en su diagnóstico encuentran un solo causante de tamaña ausencia: ese cumulo de representatividad política que hemos dado en llamar Kirchnerismo. Sin necesidad de convertirnos en apologéticos, pues estos sobran, cabe realizar el sano ejercicio de la matización de tamaña afirmación. ¿Implica necesariamente la confrontación un panorama indeseable para cualquier orden político?

En los orígenes del ordenamiento político que se conoce como Moderno, la gran preocupación radicaba en el lugar que iba a ocupar la soberanía, la autoridad y el poder en el marco de un retiro de lo trascendente de la conciencia de occidente. El Estado devino, por fuerza de los hechos, en laico, es decir, la iglesia ya no era la autoridad suprema, al menos de lo concreto, y había que dirimir dónde iba residir ese imperio desperdigado en el o los pueblos. Esto, que generaba conflicto, debía subsanarse, pues ocasiona en todos los casos guerra, cosas malas y muerte segura, como diría Hobbes.

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Lo cierto es que con el advenimiento del orden democrático la cosa cambió. Dicho por muchos autores que no viene al caso citar, esta nueva democracia trajo lugares vacíos, luchas por la hegemonía, que dan un orden también, pero necesariamente deliberado. Esto implica que, muy a pesar de aquellos comentaristas televisivos que a veces juegan a ser políticos y, también, de los políticos que juegan a ser comentaristas, el espacio de despliegue de lo político, al menos en democracia, necesariamente se da en el debate, el pleito, el desacuerdo constante que alcanza la armonía solo a condición de que esta sea entendida como transitoria y precaria. De ahí que, por ejemplo, no se permita por ley suprema una posible reelección indefinida.

Atendiendo a esto, resta plantearnos qué es lo que implican las proclamas de los paladines del orden, el acuerdo y la armonía. Evidentemente no se puede vivir en constante incertidumbre. Por mínimo que sea, necesitamos algo de estabilidad. Empero, en lo que respecta al orden político, esta armonía siempre, guste o no, se edifica sobre determinadas exclusiones, concretas y/o simbólicas. Por ello, siempre que alguien pida acuerdos en demasía, en los hechos, está negando el punto constitutivo de todo orden democrático: el desorden, ante todo simbólico. Esta negación del orden se da por la irrupción de sucesos que ponen en cuestión el normal desenvolvimiento de lo esperable y que generan desacuerdos profundos, porque lo que está en juego es nada menos que quien ostenta la hegemonía temporal en la democracia. Lo que vela el discurso del acuerdo, con su repetición constante para asegurar impacto (siempre es más fácil convencer a alguien con miedo real o infundado…), es este carácter conflictivo de la vida en democracia, ese lugar vacío e inmaculado que siempre está por “llenarse” con determinadas significaciones, aun cuando esto se dé, la mayoría de las veces, bajo mascaras del orden.

La armonía siempre implica negación del cambio, o al menos una obturación de su carácter disruptivo. Porque lo que está en juego en democracia es siempre el litigio por una hegemonía contingente, tan efímera como necesaria, casi como la gloria temporal que sentimos cuando metemos un gol e instantáneamente recordamos que somos nosotros, no tal o cual astro del balompié. En ese espacio litigioso, como en un juego, hay reglas y contrincantes, trampas y puntos ciegos. Pero siempre es más saludable que el eterno retorno de lo mismo al que nos invitan los baluartes de la conservación.

El actual gobierno siempre se caracterizó por abrir estos espacios disruptivos, que son necesarios, promovibles, cuestionadores, pero no los únicos. La construcción del poder, en democracia, también implica la imprevisibilidad de estos aconteceres. Es decir, no todo espacio de puesta en cuestión de lo establecido debe “bajar” de iniciativas estatales, estén o no motorizadas por sectores de la sociedad. En concreto: es saludable que el gobierno combata esta afición por lo permanente, pero no deviene de ello que todo tenga que pasar por el barómetro de Balcarce 50.

La incertidumbre democrática también la construye, promueve y refuerza la demanda social, aun cuando le “haga el juego a la derecha“, pues estas aceitan el proceso de cimentación de la hegemonía, revitalizar su precariedad,  espabilan los contingentes resortes de edificación de imaginarios y posibilitan la renovación necesaria  para todo proceso político, a fin de que no se pierdan en la politiquería cotidiana, que es condición necesaria más no suficiente de todo orden democrático. Coquetear con el orden siempre lleva el peligro de confundirse con él, por ello no debe perderse nunca la capacidad de sorpresa política de determinados procesos, cuestionando la repetición no con herramientas análogas y programas oficiales, sino con acciones que rompan el poderío de esa re-producción del orden.

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4 thoughts on “El bardo democrático

  1. Creo que debemos seguir reflexionando sobre la construcción de las naciones en Latinoamerica con influencia de occidente y sin ella. Este trabajo pone en la mesa la necesidad de comprender el proceso de la construcción de la democracia, de las democracias, es decir su evolución histórica para poder responder en parte a la pregunta ¿ Qué implica esta sentencia? y gestionar puntos de inflexión.

  2. Lo que pasa con nosotros, es que la democracia esta en pañals desde mi punto de vista. Es como que recien con Nestor se empezo a formar una juventud militante, antes de eso no…. el funcionario politico era visto como la peor lacra o chorro de guante blanco. Pero bueno, yo tengo fe en la militancia joven, desde los que cortan la calle, dan panfletos, marchan o escriben algo para dejar alguna que otra idea o mirada que hace eco.

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