Costumbres argentinas

Llegó el 18A (hasta los días clave tienen nombres de etiquetas pensadas para internet) y las toneladas de polémica que surgieron desde la cámara oculta de Jorge Lanata al contador platense Leonardo Fariña se acumularon para explotar en el evento televisado por el Grupo Clarín y la subrepticia colaboración del Gobierno Nacional. Al cabo de una semana en donde “el país” era Santa Fé y Callao (!), “la gente” pedía por algo que solo ella entiende o dice entender y “la sociedad” se decretó dividida en 50 y 50 por el omnipresente Mariano Obarrio y su nota sabatina en La Nación (gracias a fuentes y comentarios de dudosa identidad); los resultados finales de la circulación mediática arrojaron más de treinta puntos de rating para PPT (tal vez la única buena ocurrencia sea esa imitación de las siglas de la mendaz productora de Diego Gvirtz) y una repartija de 15  y 15 para Intrusos e Intratables, los nuevos ciclos exitosos de América. Hasta aquí, todo discurrió en los dominios de la televisión, en donde los mecenas de las razones absolutas hicieron lo que quisieron y se entregaron por completo al fiel público que les da de comer.

Con estos condimentos cada vez más explotados, es posible esbozar un pensamiento más elaborado sobre el binarismo como una costumbre argentina que devora la cotidianeidad, provocando algunas lesiones en el tejido cultural que atraviesa nuestras prácticas sociales habituales. De ahí que, por ejemplo, los planteos surjan como adhiero o me opongo sin previsibilidad; que se de el paso de la marcha espontánea a la marcha publicitada por internet (con derecho a etiquetado funcional a google y cualquier red social, y de paso sería bueno saber quiénes plantan las semillas digitales para instalar los temas); o que la relación entre los ciudadanos y la vida política acabe en una fosa mediata: mientras la atención y el narcicismo primen en forma de comentarios y cantidades gigantescas de sharing, seguiremos viendo día tras día los insalubres intentos de cada usuario por salvaguardar la integridad de la patria a cambio de unos pocos clicks que hasta parece que suponen una modificación de nuestro destino.

Pero para demostrarnos que la genialidad no es solo propiedad de agentes publicitarios o secretarios de redacción de doble apellido, las conjeturas hicieron un pseudo culto de los espectros, ya que asistimos a la no-existencia de los acontecimiento como tales. Así, no se trata de negar la corrupción como un hecho que descubre una de las prácticas más impunes y complicadas de demostrar por la vía jurídica. Se trata de un discurso que avisa un hecho siempre presente en la vida política argentina, solo que ahora “vuelve” como una manifestación mil veces más desafortunada que la de un pasado peor. Por eso, el kirchnerismo es ahora un menemismo con disfraz progresista; Leo Fariña reactivó la actitud María Julia (ejercicio: cambiar el tapado de piel por una Ferrari) y Federico Elaskar simbolizó el resurgir de los arrepentidos sin vehemencia.

Las gigantes informativas, empeñadas en seguir diciéndole a “la gente” lo que tiene que pensar de la mano de Jorge Lanata (¡que también se lo piensa como el de antes y el de ahora!) como periodista estrella, dieron vida a los híbridos Néstor Menem y Lázaro Yabrán como la construcción que faltaba de cara a las próximas elecciones legilslativas. ¿La finalidad? Seguir exacerbando el imperio del lugar común (que a esta altura del tiempo es como seguir pensando que todos los cuervos son negros) que parece ser la matriz de futuras campañas de una oposición que aun no sabe lo que quiere, pero que necesita de ese insumo cultural (chato, obsoleto, pero insumo al fin) que la constituye. Después de todo, la indignación, o el elogio de la misma según estos mandatos discursivos, también surge en función de lo peor como resonancia de un pasado que, de manera más o menos limitada, “vuelve”.

Nada más básico que resignificar lo que llevó al propio kirchnerismo a la victoria en un contrasentido, produciendo nuevos no-acontecimientos que continúan poniendo a prueba nuestra relación con la realidad, repetidores y fanáticos de Lanata y Cristina Fernández mediante. Como si fuese un bucle en la sucesión del tiempo, la operativa se repite a sí misma añadiendo elementos que aportan menos de lo que en realidad deberían (¿por qué acaso ahora hablan de “farandulización” de la política cuando los rasgos espectaculares ya surgieron a fines de los ochentas?) para seguir pensando estas argentinomias en clave de pasado. Un pasado que, ante la eterna idea de “vuelta” o regreso, se ha acomodado en el vacuo territorio de la costumbre.

Lecturas:

http://www.lanacion.com.ar/1574704-preocupacion-en-el-gobierno-por-la-magnitud-de-la-protesta

http://www.jacquesderrida.com.ar/textos/decir_el_acontecimiento.htm

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