El Tiro por la culata

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Indignaos.


Que se entienda del vamos: no esta mal reaccionar ante todas las injusticias; se diría que esa capacidad de exaltación empática es lo que nos reviste de cierta humanidad, que es lo que nos arrebata de las fronteras de los desiertos apáticos, pero ¿sirve enojarse por todo?

El endiosado sentimiento de indignación ha sido comentario obligado de toda persona interesada por informarse en los últimos tiempos. Como si fuera una colección de Versace, la cuestión del indignarse se originó en Europa, que puso de moda eso de no tener trabajo y morirse de imprevisión, colecciones harto conocidas por estos lares. De la mano de un breve pero potente libro de estilo panfletario, cuyo titulo exhortaba justamente a indignarse, son incontables las marchas que suceden en Europa, sobre todo en España. Recientemente desaparecido, Stéphane Hessel en calidad de autor de aquel panfleto exigía de los jóvenes reacción ante los flagrantes atropellos a los que eran (y son) sometidos por parte de los poderes fácticos avalados por los gobiernos. Entendía que si la indignación era colectiva, si verdaderamente se aunaban esfuerzos “nuestra fuerza es incontenible”. El libro fue excelentemente acogido y, paradoja mediante, se convirtió en todo un éxito editorial (cuesta 3 euros). Y no era para menos: la desigualdad, el sistema económico capitalista y todo su repertorio, la paupérrima política mundial y su capacidad para dejar en evidencia la inutilidad de los organismos internacionales… Todo esto potenciado por las particularidades de cada caso deberían dar, según este autor, un combo explosivo que acabaría finalmente con este injusto sistema.

Nadie va a cuestionar la amplitud ética y la necesidad vital de cualquier manifestación que tenga por premisa la búsqueda de unión entre personas que padecen mas o menos injusticias análogas: esto se celebra, aquí y en China (bueno, capaz ahí no tanto). No obstante, creemos que es prudente analizar la naturaleza de esa indignación necesaria.

¿Qué es la indignación? 

Sin hacer demasiados esfuerzos hermenéuticos podemos decir que el indignarse vendría a ser algo así como un movimiento espasmódico abarrotado de un pathos (como un sentimiento, en griego) plagado a su vez de bronca ante lo que se percibe en calidad de afrenta al orden imaginario que consideramos deseable. Su mandato existencial, ante tales incontenibles pasiones, es claro: “Actúa!”. Así lo decía Hessel. Y todos salimos (porque estábamos “adentro“) y actuamos. Como nadie sabia bien qué hacer, lo que surgió fue ocupar espacios, de esos que fueron sutilmente arrebatados por los poderes cuando nos hicieron tan fácil el comprar una televisión  En nuestro país, para no ser menos, también la gente se indignó. Y también actuó. Aunque más torpemente. Como tampoco sabia bien ante qué o cómo (aunque se lo inventa a diario), recurrió a su memoria corta y quiso recrear los inflamados cacerolazos: la historia se repitió una vez como tragedia, ahora como comedia.

Poco a poco estos movimientos fueron cuajando. Los indignados españoles ya no sabían que hacer con sus ocupaciones de la vía publica mientras su situación sigue empeorando; en Wall Street ni los yuppies miraba; en Argentina algunos notaron que su reclamo era contradictorio: potente en cantidad, devino estéril en sentido.

“¿Y ahora qué, qué nos queda?”

Mas allá de las diferencias tajantes entre los europeos y nuestra fauna de clase media (des)politizada, todas estas experiencias, pomposas, estruendosas y populosas, son fácilmente desarticuladas en su fibra más intima con una pregunta que formuló el filósofo Slavoj Žižek en varias de sus alocuciones: “¿Qué es lo que realmente quieren?”.

En lo que respecta a quien escribe, cree que lo realmente complicado en el mundo de hoy no es recuperar la sobrevalorada capacidad de indignarse,sino más bien el intentar volver a creer en algo con la suficiente fuerza como para soportar el embate implacable de esa simple pregunta. Indignarse esta bien, aunque sin un sentido claro, ese movimiento adolece de orientación, huérfano de si mismo, termina por ser una voluntad orientada hacia la nada, que algún día se volverá contra si, aniquilándose por completo. Creer, en cambio, implica dejarse de lado a si mismo en pos del ideal que uno adopta, aún precariamente, como propio. Pensar en qué es lo que queremos mas allá del berrinche colectivo y tener la suficiente entereza para soportar la creencia en esa opción estoicamente, es lo verdaderamente revolucionario que nos esta faltando como humanidad. Es decir, en definitiva, quitar el elemento conservador que subyace a cualquier movimiento “indignado” (en definitiva, todos piden volver a una situación ideal donde lo que denuncian no existía tan desmadrado como hoy) y darle un horizonte a nuestras proclamas es aquello que, quizás porque le quedaba poco, Hessel no terminó de visualizar. “No actúes, solo piensa“, rebatió Žižek; pienso que más bien hay que empezar a pensar nuestro actuar y, a su vez, pensar actuando.

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