Hey Joe

“Murió como vivió, con dignidad; amó a su país y se jugó por él sin especulación”, dijo su hermano, quien luego recitó el fragmento de un poema de Kipling y lo despidió para siempre. “Joe” para la familia, José Alfredo Martínez de Hoz para todos, dejó para siempre este mundo. Estaba con prisión preventiva -que cumplía en su departamento asistido por la ama de llaves “de toda la vida”-, pero murió sin recibir una condena judicial. Y sabiendo que hay Papa argentino.

Cuando se habla de Martínez de Hoz, desde un posicionamiento crítico, habitualmente se lo define como “el cerebro” detrás del plan económico de la dictadura. No obstante, esta definición me resulta incómoda por cuanto lo pinta como un estratega, frío y pensante. Es decir, lo pinta de una manera que puede enorgullecer a su familia. Familias como los Martínez de Hoz, que gobiernan en los hechos estas tierras desde hace siglos, construyen una imagen idealizada de su linaje. Pueden coincidir en sentirse los actores intelectuales de nuestra historia, dado que -en efecto- forman a sus hijos para llevar las riendas de su país. No hace falta mucha imaginación para suponer que su funeral fue una demostración, una performance donde se exhibieron las mejores joyas y se lucieron los ropajes más elegantes. Algo a la altura de una familia que disfruta a Kipling, la música clásica y otras delicias de la nobleza cultural. Oh, la civilización.

Lo que jamás su familia admitiría es que Joe era uno más en la banda de torturadores y asesinos encabezada por la Junta Militar. Es decir, el supuesto de que unos son  los “cerebros” y otros los “brazos ejecutores” es en buena medida falso, o al menos la distinción entre unos y otros no es tan clara, dado que apelaban al exterminio incluso para “el arreglo personal de cuentas”, como lo menciona Rodolfo Walsh en la Carta Abierta.

Cuando se difundió la noticia, lo primero que recordé fue la vez que entré al Kavanagh. Tendría unos 21 años, trabajaba para una empresa de telecomunicaciones y tenía que instalar el servicio de Internet en la oficina de Joaquín Morales Solá. Para mí era un buen día porque era la oportunidad de conocer por dentro ese emblemático edificio, que nunca podía dejar de mirar al bajar del ferrocarril San Martín en Retiro, cruzar Libertador y seguir camino al microcentro. Al entrar, me hicieron subir por el ascensor de servicio -claro- y durante el ascenso charlé con un empleado de limpieza que hablaba mucho. Me contó que en el edificio vivía mucha gente polenta, entre ellos, Martínez de Hoz.

Un escalofrío recorrió mi espalda. Se abrió la puerta del ascensor y la señora que limpia me invitó a pasar. Empecé a hacer mi trabajo un poco abrumado entre la increíble mirada que ofrecía el ventanal y la enorme biblioteca. Me acuerdo que pensé: “la nobleza es esto, tener todos los libros, toda la belleza”, o algo por el estilo. Al rato entró Morales Solá, de jogging, y estrechó mi mano. Terminé mi trabajo y salí. Al bajar por el ascensor, pensaba si hubiera estrechado la mano de Martínez de Hoz. O, mejor dicho, cómo hubiera reaccionado al tener a uno de los hijos de puta más grandes de este país frente a frente. También flasheé e imaginé que si esa situación hubiera sucedido a principios de siglo XX, o en los ’70, un anarquista o un montonero podría haber planeado un atentado contra algunos de los (“poderosos”) residentes del Kavanagh.

Ya en la calle, volví a mirar el edificio por fuera y me dije: “no, el Kavanagh no tiene la culpa”. Hoy puedo agregar: “además, Martínez de Hoz ya no está más”. Ni su cerebro, ni su cuerpo.

PD: puse “Kavanagh + atentado” en Google y llegué a este video:

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