Final Fantasy XIII (o cómo volver a la adolescencia en 5 minutos)

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Lightning & cia. Los héroes anónimos de una historia para la historia.

Tenía 15 años cuando había jugado por primera vez a un Final Fantasy. Era la octava parte de la saga más grande de la historia de los videojuegos, para la legendaria Playstation de Sony de 1998. Había llegado a mis manos por las buenas referencias y la ayuda de la piratería, que coprotagonizó el fin de la década del noventa en Argentina en cuanto a entretenimiento y el inicio del año 2000 en una explosión de felicidad para muchos adolescentes, ya que gracias a ella, todo lo referente a videoguegos y consolas podía conseguirse por muy poco dinero. Eran los tiempos de las revistas de juegos y anime, del ocio en su expresión máxima y el predominio de la vida en la escuela secundaria.

Más de una década después, decidí probar suerte con la Playstation 3 y una entrega que supuse no me iba a decepcionar. Como de costumbre, los japoneses cuidan los detalles hasta niveles irrisorios, y la treceava parte no fue la excepción, incluso para momentos en que ya no se juega con el mismo ímpetu y libertad de antaño.

El mundo de Final Fantasy, desde su nacimiento a fines de los 80 en Japón, siempre ha logrado cautivar y transportar al jugador a tierras desconocidas, que mezclan de manera magistral a personajes entrañables, guiones y argumentos sólidos y horas de compenetración similares a las de series de tv o películas que no nos cansamos de ver o seguir recordando en cualquier tipo de encuentro. Mientras EEUU continúa con su tendencia a desarrollar juegos con temáticas hollywoodenses, los nipones se dedican a continuar con su patrón natal y seguir su propia fórmula del éxito a rajatabla, a pesar de que tanto los norteamericanos como los del sol naciente estén compartiendo varias características por cuestiones de mercado. Tomar a un grupo de personajes, conocer sus virtudes y miserias como si fuesen nuestros vecinos y llevarlos a cumplir una misión determinada (salvar al mundo de un mal encarnizado en una lucha particular, que deja sorpresas hasta último momento) es un desafío que no es para cualquiera, pero que mantiene intacta la esencia de aquellos años en los que el juego se insertó en la vida cultural de los jóvenes y adultos de la posmodernidad. Épico, estereotipado por momentos, pero impredecible, mágico y audaz como pocas creaciones del hombre que a veces, por desconocimiento, creemos repetitivo, inocuo eincapaz de sorprender.

Como una instantánea de la memoria, esta Fantasía Final, de la que no develo detalles de una historia que pude volver a cerrar como en aquellos tiempos, conserva ese efecto imperecedero y agradable de reencontrarse con quien uno alguna vez fue. Un mérito que, por fortuna, está avalado por una capacidad creativa que sigue transformando lo natural en increíble.

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