Facilidad

Messi-vs-Jose

El año pasado escribí el texto que está en este enlace sobre el clásico más convocante del mundo. Hoy, otro Real Madrid – Barcelona dió que hablar casi como un calco de lo que aconteció en aquel momento: los merengues fueron tácticamente impecables y repitieron el pecado, para muchos de los que pregonan que el “buen fútbol” es uno solo, de herir al equipo que durante dos años reinó en Europa y en las carcomidas y cerradas mentes de los cotidianos analistas de la repetición.

Cosas que, como en el partido, se ganan y se pierden, o que están por saberse ganadas y perdidas. Es fácil elegir a los mejores y peores y polarizar las figuras de Lio Messi y Cristiano Ronaldo. Así, del primero cabe decir que es el mejor del mundo (hecho inobjetable) y un sinfin de cosas bonitas y fantásticas que hasta cierto momento de la historia fueron incuestionables; dígase, con la misma comodidad de los escribas y comentaristas de consumo habitual, que todo corresponde a los arrasadores años de Pep Guardiola. Del segundo, que es un soberbio, sobrador, vendehumo y lanzarle el gentil dardo de la homosexualidad como si fuese un estigma imborrable de un par de fotografías. Pero en ese mismo proceso, no menos válido pero sí falto de variantes, resulta difícil enunciar que Messi tiende a desaparecer en los momentos importantes y que hay sectores que, en esos períodos, pareciese que están de duelo. Y no es algo que sea novedad por este último clásico. Ya sucedió en el “irreconocible” Inter-Barça (con Mourinho también como DT, ideólogo y artífice del trabajo táctico que muchos condenan por exacerbar la defensa), en la semifinal de la Champions de 2012 contra el ninguneado Chelsea de Drogba -¿Por qué el que fue campeón de Europa y luchó contra el hambre en su país no figuró en la terna del Balón de Oro?- y Roberto Di Matteo, y en las etapas de los incompetentes Basile, Maradona y Batista, donde otros tantos clamores populares eligieron la vía de resistir al actual mejor jugador del mundo por sus inestables actuaciones en el (también inestable) seleccionado nacional. Esta última actitud, sin embargo, es denostable por la simple causa de creer como un paradigma universal que, parafraseando a Henrik Ibsen, “El hombre más fuerte del mundo es el que está más solo”.

Y es que Messi no es el todo. Es la inevitable parte de un todo que, en situaciones de paradójica ausencia colectiva o disciplina táctica aplicada con rigurosidad, se encierra en una misma fórmula que aparenta resolver lo irresoluble. Nadie progresa en piloto automático y sin ayuda de nadie. Pero hay otra cosa que también es hora de reconocer: Messi aun no ha demostrado la capacidad de cargarse las situaciones a sus espaldas. Y es un hecho que poco tiene que ver con los lugares comunes que se vienen exhibiendo desde la era pos-Basile. Y tampoco se le puede exigir más sabiendo que se trata de compromisos colectivos. Aun queda mucho tiempo para descubrir si es el mejor finalizador de jugadas del planeta o si su perfil cancino y mimado evolucionará hacia lo que lo llevaría a la verdadera historia.

A la par de esto, hay otra tendencia que se desprende y alimenta lo que muchos personajes se encargan de seguir cerrando como la única explicación posible en un mundo cada vez más impredecible. Son comentaristas de alquiler para los acontecimientos, o diminutos hombrecitos de dudosa confianza, que viven al elogio como la más mediocre de las prácticas. Son chupaculos y fetichistas de lo que muestran desconocer, y lo trasladan incluso a la vida cotidiana y mediatizada de hoy. Ni Messi, ni Ronaldo, ni Guardiola, ni Mourinho, ni Bianchi, ni Aliverti, ni Cristina Kirchner, ni la “amiga” que está buena o el “amigo” que vive detallando lo que hace los necesitan. Pero en ese mundo de lo inexistente, de una huella muerta y al servicio de intereses económicos (mercenarios que “indican lo que hay que hablar y qué cultura hay que consumir”) o engañosamente afectivos (de repente parece que en Facebook todos se aman o buscan ser virtualmente amados) es necesario exaltar lo que no es. Y así puede transcurrir un momento, una semana o una vida casi completa, donde todo es un relleno que encubre la dolorosa realidad que nos rodea, pero que por comodidad, se elige como la salida menos matizada.

Porque es más fácil chuparle el culo a Messi porque hace cuatro goles todos los fines de semana a equipos desmotivados, que elaborar una crítica fundamentada sobre los momentos en los que se puede decir que estuvo en deuda. Es más fácil matar a Mourinho porque “el Real Madrid es un señorío” que destacar y exponer lo mejor y lo peor de su metodología de trabajo (de la que hay vasta bibliografía y no es imposible de encontrar). Es más fácil decir que Cristiano Ronaldo es basura egocéntrica y obviar que, en el menos egoísta de los gestos, le dió casa y trabajo al amigo que lo hizo llegar al fútbol profesional. Es más fácil desearle la muerte o alabar todo lo que dice y hace Cristina Kirchner que elaborar un mínimo acto que aporte algo a la transformación de la realidad nacional.

O será que el dejar de ver lo que se quiere ver es un esfuerzo tan grande que, para desgracia de algunos, todavía es dificil de soportar.

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