Zona de confort

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Desde hace un tiempo viene siendo moda el consumo de realidad (?) a través de Facebook y Twitter, y no son ajenos a ello quienes hacen del “comentar y compartir” una suerte de culto al desconocimiento de eso mismo que dicen comprender. En el peor de los casos, también dicen formar parte de un debate que por lo pronto es inexistente, dada la constante saturación de contenidos y lo efímero o volátil de los (pre)juicios vertidos en ellas. La última aparición de estos racimos opinativos surgió de un pedido virtual para que la cumbia (que nunca dejó de ser una expresión de música popular mercantilizada en Argentina desde hace más de una década) no haga acto de presencia en el cristalino Teatro Colón.

¿Argumentos? Que es una falta de respeto hacia los artistas de elevadísimo prestigio que allí se presentaron durante toda su historia; que se desvaloriza la historia argentina (sic); que fomenta la ignorancia; que es una aberración hacia la cultura nacional, y un sinfín de bochornosas misivas que se pueden seguir leyendo en este reflexivo espacio. Al creer que se participa de un cambio radical para lo que nos rodea en la vida cotidiana y el progreso de la nación, es interesante destacar que cada “queja y contraqueja” contiene algunos postulados ineludibles. Por un lado, se “detentan” las concepciones de música, cultura y (lo) popular como unívocas y no abiertas a los constantes procesos de resignificación; por el otro, y de modo cuasi-narcotizante, se repiten latiguillos dicotómicos (amor-odio, tolerancia-intolerancia, inclusión-exclusión, libertad-censura) con la pretensión de cambiar el rumbo de lo que acontece. Resultado: una inocua pelea simbólica por “adueñarse” de los conceptos y saber (o demostrar) lo que está bien y lo que está mal, como si esto se pudiera resolver desde la comodidad de una laptop o un celular en cuestión de minutos.

Prendiéndose a la fiesta de la falsa atención en ese pseudo mundo donde parecen sentirse atraídos, queridos y tenidos en cuenta, o amparándose en la figura automática que esputa esta casa de la cultura (porque a fin de cuentas, alberga creaciones de seres humanos iguales en condición), prolifera la ilusión de estar alterando algún destino inevitable a partir de la repetición constante de este tipo de construcciones, tan populares como aquello que se encargan de criticar con sumo fervor y la sabiduría del copy-paste o, ya que estamos creativos, “hear-paste”.

Nada mejor que seguir en zona de confort, aunque no quieran tirarse un paso.

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